PREG. ¿Enseñáis realmente, según la acusación formulada contra vosotros por algunos espiritualistas y espiritistas franceses, la aniquilación de toda personalidad?

TEÓS. No lo hacemos. Pero como esa cuestión de la dualidad –la individualidad del Ego divino y la personalidad del animal humano– envuelve la de la posibilidad de la aparición del Ego real inmortal en las sesiones espiritistas como “espíritu materializado”, (lo que negamos, según ya expliqué anteriormente), nuestros adversarios han lanzado esa acusación desatinada.

PREG. Acabáis de hablar del completo aniquilamiento del “psuche” cuando éste se adhiere a anoia. ¿Que entendía Platón y qué entendéis vosotros por esto?

TEÓS. El aniquilamiento completo de la conciencia personal, como caso raro y excepcional, según creo. La regla general y casi invariable es la fusión de la personalidad en la conciencia individual o inmortal del Ego (una transformación o transfiguración divina), y el aniquilamiento completo, tan sólo del cuaternario inferior. ¿Pensaríais acaso en la posibilidad de que el hombre carnal, o la personalidad temporal, su sombra, lo “astral”, sus instintos animales y hasta su vida física, sobreviviesen juntos con el “Ego espiritual” y fuesen eternos? Todo esto naturalmente deja de existir, sea en el momento de la muerte corporal, sea después. Disgregase por completo a su tiempo, y desaparece de la vista, quedando aniquilado en conjunto.

PREG. ¿Entonces también rechazaréis la “resurrección de la carne”?

TEÓS. ¡Absolutamente! ¿Por qué habríamos (nosotros que creemos en la Filosofía arcaica esotérica de los antiguos) de aceptar las especulaciones antifilosóficas de la Teología Cristiana posterior, sacada de los sistemas exotéricos griegos y egipcios de los Gnósticos?

PREG. Los egipcios honraban a los espíritus de la Naturaleza, y deificaban hasta las cebollas; los indos son hasta ahora idólatras; los zoroastrianos adoraban y aún adoran al Sol; y los mejores filósofos griegos eran soñadores o materialistas, como Platón y Demócrito, respectivamente. ¿Cómo os atrevéis a comparar?

TEÓS. Puede ser que conste así en el catecismo cristiano y hasta en el científico moderno, pero no es exacto para los espíritus libres de prejuicios. Los egipcios rendían culto al “Uno–Único–Uno” bajo el nombre de Nout, y fue de esta palabra donde Anaxágoras sacó su denominación Nous, o según la llama, Nonç an to ra thç, “la Mente o Espíritu Potente por sí mismo”; el arch thç kinhnewç, “el motor principal” o
primun mobile de todo. Para él, el Nous era Dios, y el logos el hombre, su emanación. El Nous es el espíritu (ya sea en el Cosmos o el hombre); y el logos, bien sea él Universo o el cuerpo astral, la emanación del primero, siendo el cuerpo físico solamente lo animal.

Nuestros poderes externos perciben los fenómenos, pero únicamente nuestro Nous es capaz de conocer sus nóumenos. Sólo el logos o el nóumeno es el que sobrevive, porque en su misma naturaleza y esencia es inmortal, y el logos es en el hombre el Ego eterno, que se reencarna y vive eternamente. Pero ¿cómo puede la sombra externa que se desvanece, el ropaje temporal de esa emanación divina, que vuelve a la fuente de
donde surgiera, ser “lo formado en la incorruptibilidad”?

PREG. Difícilmente, sin embargo, podéis libraros de la acusación de haber inventado una nueva división de las partes que constituyen al hombre espiritual y psíquico, porque ningún filósofo habla de ellas, si bien creéis que Platón las menciona.

TEÓS. Y lo sostengo. Además de Platón, ahí está Pitágoras, que también pensaba lo mismo20.

Describió el Alma como una unidad (Mónada) que se mueve por sí misma, compuesta de tres elementos: el Nous (Espíritu), el phren (la mente) y el thumos (la vida, el aliento, o el nephesh de los kabalistas); cuyos tres elementos corresponden a nuestro “Atma–Buddhi” (Espíritu–alma más elevado), a manas (el Ego) y a Kâma–Rûpa en conjunción con el reflejo inferior de manas. Lo que los antiguos filósofos griegos llamaban alma en general, lo llamamos espíritu, o alma espiritual, Buddhi, como vehículo, de Âtma (el Agathon o, Deidad Suprema de Platón). El hecho de que Pitágoras y otros consideren que phren y thumos forman parte del hombre y de los animales prueba que en este caso se refieren al reflejo manásico inferior (instinto), y a
kama–rupa (pasiones animales activas). Y como Sócrates y Platón admitieron esto y lo hicieron suyo, si a esos cinco principios, que son: Agathon (Deidad o Âtmâ), psuche (el alma en su sentido colectivo), Nous (el Espíritu o mente), phren (la mente física) y thumos (Kâma–Rûpa o las pasiones), agregamos el eidolon de los misterios (la forma o doble humano) y el cuerpo físico, fácil será demostrar que tanto las ideas de Pitágoras como las de Platón eran idénticas a las nuestras. Enseñaban que, a su partida, el alma (Ego) tenía que pasar a través de sus siete cámaras o principios: los que dejaba tras de sí y los que con ella se llevaba. La única diferencia que hay, teniendo siempre en cuenta el castigo que traía consigo el revelar las doctrinas de los Misterios (lo cual se pagaba con la vida), consiste en que sólo bosquejaban las enseñanzas en sus grandes rasgos, mientras que nosotros les damos forma y las explicamos en sus detalles.
Pero aunque enseñamos al mundo tanto como nos es permitido hacerlo, sin embargo, hasta en nuestra doctrina misma, se reserva más de un punto importante que sólo están autorizados conocer los que estudian la filosofía esotérica y han prometido silencio.
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20“ Platón y Pitágoras –dice Plutarco– dividen el alma en dos partes: la racional (nôetica) y la irracional (agnoia); aquella parte del hombre que es racional, es eterna; porque aunque no sea Dios, es,sin embargo, el producto de una deidad eterna; pero aquella parte del alma que está privada de razón (agnoia), muere.

“ El término moderno agnóstico viene de agnosis, una palabra similar. Nos extraña que Mr. Huxley, el autor de la palabra, haya relacionado su gran inteligencia con “el alma privada de razón que muere.”
¿Es esto humildad exagerada del materialismo moderno?



PREG. ¿Es lo que llamamos espíritu, alma y hombre de carne?

TEÓS. No. Ésa es la antigua división platónica. Platón estaba iniciado, y, por lo tanto, no podía entrar en detalles prohibidos; pero el que conoce la doctrina arcaica encuentra el número siete en las varias combinaciones de Platón respecto al alma y al espíritu. Consideraba al hombre constituido en dos partes: la una eterna, formada de la misma esencia que lo Absoluto; la otra mortal y corruptible, derivando sus partes constitutivas de los dioses menores “creados”. Demuestra al hombre compuesto de:

1º un cuerpo mortal, 
2º un principio inmortal, y 
3º “una especie del alma mortal separada”. 

Es lo que llamamos, respectivamente, el hombre físico, el alma espiritual o espíritu, y el alma animal (el Nous y psuche). Ésta es la división adoptada por San Pablo, también iniciado, que sostiene que existe un cuerpo psíquico (alma o cuerpo astral implantado en el corruptible), y un cuerpo espiritual (formado en la substancia
incorruptible). Hasta el mismo Santiago (III, 15) lo corrobora diciendo que la “sabiduría” (de nuestra alma inferior) no viene de arriba, sino que es terrestre, “psíquica”, “demoníaca” (véase el texto griego); mientras que la otra Sabiduría es celeste. Tan claro es esto, que Platón y el mismo Pitágoras, al hablar sólo de tres
“principios”, les prestan siete funciones separadas en sus diferentes combinaciones; y si comparamos con esto nuestras doctrinas, resultará evidente la concordancia. Hagamos un bosquejo de estos siete aspectos por medio de las dos tablas siguientes: (Para mejor observación presione las imagenes)

      

18En el Buddhismo Esotérico de Mr. Sinnett, d, e y f son llamadas respectivamente el alma animal, la humana y la espiritual, lo cual responde también a la idea. Aunque los principios están numerados en el Buddhismo Esotérico, esto, estrictamente hablando es inútil. Sólo la Mónada dual (Âtma Buddhi) es susceptible de ser considerada como los dos números superiores (el sexto y el séptimo). En cuanto a todos los demás, como sólo aquel “principio” que predomina en cada hombre ha de considerarse como el primero y el principal, ninguna numeración es posible, por regla general. En algunos hombres es la inteligencia superior (manas o el 5º ) la que domina al resto; en otros, es el alma animal (Kâma–Rûpa) quien reina en absoluto manifestando los instintos más bestiales, etcétera.

19 Pablo llama al Nous de Platón “espíritu”; pero, como ese espíritu es “subsistencia”, evidentemente es a Buddhi a quien se refiere y no a Âtman, ya que en ningún caso puede llamarse “substancia” a la última, filosóficamente. Incluimos a Âtma en los “principios humanos” para no crear mayor confusión. En realidad, no es principio humano “alguno”, sino el principio Absoluto universal, del que Buddhi, el Espíritu–alma, es vehículo.
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Ahora bien; ¿qué nos enseña Platón? Habla del hombre interno como hecho de dos partes: la una inmutable y siempre la misma, formada de igual substancia que la Deidad; y la otra, mortal y corruptible. Esas dos partes encuéntrense en nuestra tríada superior y en el cuaternario inferior (véanse las tablas). Explica Platón que cuando el alma, psuche, “se une al Nous (espíritu o substancia divina)19, obra recta y felizmente en todas las cosas”; pero que sucede lo contrario cuando se deja arrebatar por anoia (la locura o alma animal irracional). Tenemos pues, aquí, Manas (o el alma en general) en sus dos aspectos: cuando se adhiere a anoia (nuestro Kâma–Rûpa o “alma animal” en el Buddhismo Esotérico), corre hacia su completo aniquilamiento en lo que concierne al ego personal; pero cuando se une al Nous (Atma–Buddhi), se funde en el Ego inmortal e imperecedero, y entonces la conciencia espiritual de lo que era la personalidad convierte en inmortal.




PREG. Según tengo entendido, describís nuestro planeta como formando parte de una cadena de tierras.

TEÓS. Así es. Pero las otras seis “tierras” o globos no se hallan en el mismo plano de subjetividad de nuestra tierra; por lo tanto, no podemos verlas.

PREG. ¿Es debido esto a la gran distancia que nos separa de ellas?

TEÓS. De ninguna manera, porque vemos a simple vista planetas y hasta estrellas a distancias inconmensurablemente mayores; pero es debido a que esos seis globos se hallan fuera del alcance de nuestros medios físicos de percepción o plano de nuestro ser. No es tan sólo que su densidad material, peso o constitución sean por completo distintos de los de nuestra tierra y de los demás planetas conocidos, sino que se encuentran situados (para nosotros) en una capa del espacio, por decirlo así, enteramente diferente; una capa que no puede ser percibida; o sentida por nuestros sentidos físicos. Y cuando digo “capa” no creáis que se trata de capas materialmente colocadas como fajas una sobre otra, puesto que esto sólo nos llevaría a un nuevo absurdo y a un nuevo error.

Lo que entiendo por “capa” es aquel plano, del espacio infinito que por su misma naturaleza no puede ser percibido por nuestras facultades ordinarias en estado de vigilia, bien sean mentales o físicas, sino que existe en la Naturaleza, fuera de nuestra mentalidad normal o conciencia, fuera de nuestro espacio de tres dimensiones y de nuestra división de tiempo. Cada uno de los siete planos (o capas) fundamentales en el espacio por supuesto, considerados como un todo, como el espacio puro según la definición de Locke, no como nuestro espacio finito tiene su propia objetividad y subjetividad, su propio espacio y tiempo, su conciencia propia y su clase de sentidos. Pero es difícil que todo esto sea comprensible para el hombre educado en la manera de pensar moderna.

PREG. ¿Qué entendéis por clase diferente de sentidos? ¿Existe algo en nuestro plano humano que pudieseis presentar como ejemplo de lo que decís, para darnos una idea más clara acerca de lo que podáis entender por esa variedad de sentidos, espacios y percepciones respectivas?

TEÓS. Nada; exceptuando acaso lo que para la Ciencia sólo serviría de argumento en contra nuestra. ¿No tenemos mientras soñamos una clase diferente de sentidos? Sentimos, hablamos, oímos, vemos, tocamos y obramos en general en un plano diferente, quedando evidenciado el cambio de estado de nuestra conciencia por el hecho de que una serie de actos y acontecimientos que, según nos parece, abrazan varios años, se suceden idealmente por nuestra mente en un momento. Pues bien; esa extrema rapidez de nuestras operaciones mentales durante los sueños, y la naturalidad perfecta mientras tanto de todas las demás funciones, nos demuestran que nos encontramos en un plano completamente distinto. Nos enseña nuestra filosofía que del mismo modo que existen siete fuerzas fundamentales en la Naturaleza y siete planos de existencia, hay también siete estados de conciencia, en los que puede el hombre vivir, pensar, recordar y tener su existencia.

Imposible es enumerarlos en este lugar; para ello es preciso dedicarse al estudio de la Metafísica Oriental. Mas respecto a esos dos estados –la vigilia y los sueños–, todos los mortales, desde el profundo filósofo hasta el salvaje más inculto, tienen buena prueba de que difieren el uno del otro.

PREG. ¿No admitís entonces las doctrinas bien conocidas de la Biología y Fisiología tocante a los sueños?

TEÓS. No. Rechazamos hasta las hipótesis de los psicólogos, prefiriendo atenernos a las doctrinas de la Sabiduría Oriental. Creyendo en siete planos del Ser cósmico y estados de conciencia, respecto al Universo o Macrocosmo, nos detenemos al llegar al cuarto plano, viendo la imposibilidad de pasar más allá con algún grado de seguridad. Pero respecto al Microcosmo u hombre, especulamos libremente acerca de sus siete estados y principios.

PREG. ¿Cómo explicáis éstos?

TEÓS. Encontramos ante todo en el hombre dos seres distintos: el espiritual y el físico; el hombre que piensa y el hombre que recuerda tantos de aquellos pensamientos como puede asimilar. Por consiguiente, consideramos dos naturalezas distintas: el ser superior o espiritual, compuesto de tres “principios” o aspectos, y el Inferior o cuaternario físico, compuesto de cuatro; en total siete.




PREG. ¿Pero quién es el que crea cada vez el Universo?

TEÓS. Nadie lo crea. La ciencia llamaría evolución al proceso; los filósofos precristianos y los orientalistas lo llamaban emanación; nosotros, ocultistas y teósofos, vemos en ello la única realidad universal y eterna, que proyecta un reflejo de sí misma en las profundidades infinitas del Espacio. Ese reflejo que consideráis como el Universo objetivo material, lo miramos nosotros como una ilusión pasajera, y nada más.
Sólo lo que es eterno es real.

PREG. Según esto, ¿usted y yo somos también ilusiones?

TEÓS. Como personalidades pasajeras, siendo hoy una persona y mañana otra, lo somos. ¿Llamaríais “realidad” a los repentinos resplandores de la aurora boreal, a las claridades del Norte, por mas que sean todo lo reales posible mientras las contempláis? Seguramente que no; la causa que las produce, si es permanente y eterna, es la única realidad, mientras que el efecto no es más que una pasajera ilusión.

PREG. Todo esto no me explica cómo toma origen esa ilusión llamada Universo; cómo procede el ser consciente para manifestarse, de la inconsciencia que es.

TEÓS. Sólo es inconsciencia con relación a nuestra conciencia finita. Bien podríamos ahora parafrasear el versículo V del primer capítulo de San Juan, y decir: “Y la absoluta luz (que es la oscuridad para nosotros) resplandeció en las tinieblas (que es la luz material ilusoria); y las tinieblas no la comprendieron”. Aquella luz absoluta es también la ley absoluta e inmutable. Sea por radiación o emanación no disputemos sobre los
términos, el Universo pasa de su subjetividad homogénea al primer plano de manifestación, existiendo, según se nos enseña, siete de estos últimos; se va haciendo más material y denso en cada plano, hasta que alcanza a éste, el nuestro, en el cual el único mundo aproximadamente conocido y comprendido por la Ciencia en su
composición física es el sistema planetario o solar, sistema su géneris, conforme se nos dice.

PREG. ¿Qué entendéis por sui géneris?

TEÓS. Entiendo que, si bien la ley fundamental y las leyes universales activas de la Naturaleza son uniformes, tiene, sin embargo, nuestro sistema solar (así como cada sistema semejante entre los muchos millones de los mismos en el Cosmos), y hasta nuestra Tierra, su programa de manifestaciones propio particular, que difiere de los programas de todos los demás. Hablamos de los habitantes de otros planetas y nos imaginamos que si son hombres, es decir, entidades que piensan, han de ser como nosotros.

Siempre nos representa la imaginación de los poetas, pintores y escultores que hasta los ángeles son copias hermosas del hombre, más las alas. Decimos que todo esto es un error y una ilusión; porque si sólo en esta tierra nos encontramos con una diversidad tan grande en su flora, fauna y humanidad –desde el alga marina hasta el cedro del Líbano, desde el pez jalea hasta el elefante, desde el hombre de los bosques y el negro hasta el Apolo de Belvedere–, alteradas las condiciones cósmicas y planetarias, deben darnos como resultados una flora, fauna y humanidad enteramente diferentes. Forman las mismas leyes un orden de cosas y de seres completamente distintos, hasta en este mismo plano nuestro, incluyendo en él todos nuestros
Planetas. ¡Cuánto más diferente ha de ser la naturaleza externa en otros sistemas solares! ¡Y qué locura la de juzgar las otras estrellas, mundos y seres humanos por lo que somos nosotros, como lo hace la ciencia física!

PREG. ¿Pero qué antecedentes tenéis para formular esta aserción?

TEÓS. Lo que la ciencia en general jamás querrá aceptar como prueba: los testimonios acumulados de una serie interminable de Videntes que lo han atestiguado.

Sus visiones espirituales, sus exploraciones reales a través de los sentidos psíquicos y espirituales, desembarazados de la materia ciega, fueron regularizadas sistemáticamente, comparadas unas con otras, y su naturaleza analizada e investigada.

Todo aquello que no era corroborado por una experiencia unánime y colectiva era desechado; y sólo era aceptado como verdad establecida lo que en varias edades, bajo diferentes climas y después de un sinnúmero de observaciones incesantes, resultaba exacto y era constantemente comprobado. Los métodos empleados por nuestros discípulos y estudiantes de las ciencias psicoespirituales no difieren, como veis, de los que emplean los de las ciencias naturales y físicas. Sólo que se hallan nuestros campos de indagación en dos diferentes planos, y no son construidos nuestros instrumentos por manos humanas, por cuya razón son quizá más de fiar. Las retortas y microscopios del químico y del naturalista pueden descomponerse; el telescopio y los instrumentos horológicos del astrónomo pueden estropearse; pero nuestros instrumentos de análisis escapan a la influencia de los elementos o de la atmósfera.

PREG. ¿Tenéis, por consiguiente, implícita fe en los mismos?

TEÓS. La palabra fe no se encuentra en los Diccionarios Teosóficos: decimos conocimiento, basado en la observación y la experiencia. Existe, sin embargo, la diferencia siguiente: que mientras la observación y experiencia de la ciencia física conduce a los sabios a tantas hipótesis “activas” como cerebros hay para formarlas, nuestro conocimiento nos permite sumar a su sabiduría sólo aquellos hechos que resultan innegables y absolutamente demostrados. No tenemos acerca de un mismo punto dos creencias o hipótesis distintas.

PREG. ¿Y con semejantes datos habéis aceptado las teorías extrañas que encontramos en el “Buddhismo Esotérico?”

TEÓS. Precisamente. Pueden esas teorías ser algo incorrectas en sus menores
detalles, y hasta erróneas en su exposición, hecha por estudiantes del círculo externo;
mas, sin embargo, son hechos en la naturaleza, y se aproximan más a la verdad que
ninguna hipótesis científica.



PREG. Habiendo ya manifestado lo que Dios, el alma y el hombre no son, según vosotros, ¿puede informársenos acerca de lo que son, conforme a vuestras doctrinas?

TEÓS. En su origen y en la eternidad, los tres (como el Universo y todo cuanto contiene) forman uno solo con la Unidad absoluta, la esencia deífica incognoscible, de la que he hablado ya. No creemos en la creaci6n, sino en las apariciones periódicas y consecutivas del Universo, desde el plano subjetivo del ser al objetivo, en intervalos regulares de tiempo, cubriendo períodos de inmensa duración.

PREG. ¿Podéis detallar esta materia?

TEÓS. Servios (como primera comparación y como auxilio para un concepto más correcto) del año solar; y como segunda, de las dos mitades de ese mismo año, produciendo cada una un día y una noche de seis meses de duración, en los polos. Ahora bien; imaginaos, si podéis, en vez de un año solar de trescientos sesenta y cinco días, la ETERNIDAD; que el Sol representa al Universo, y los, días y noches polares de seis meses son días y noches que duran ciento ochenta y dos trillones o cuatrillones de años en vez de ciento ochenta y dos días cada uno. Así como sale el Sol cada mañana de su espacio subjetivo (para nosotros), y antipódico, en nuestro horizonte objetivo; del mismo modo surge periódicamente el Universo en el plano de la objetividad, procediendo del de la subjetividad, los antípodas del primero.

Tal es el “Ciclo de Vida”; y de igual modo que desaparece de nuestro horizonte el Sol, desaparece en períodos regulares el Universo cuando comienza la “noche universal”.

Los hindúes llaman a esas alternativas los Días y Noches de Brahma o el tiempo del Manvantara y el del Pralaya (disolución). Pueden los Occidentales llamarlas, si así lo prefieren, Días y Noches Universales. Durante las últimas (las noches) Todo está en Todo; cada átomo es reabsorbido en la Homogeneidad.



PREG. ¿Qué enseña el Buddhismo respecto del alma?

 TEÓS. Depende la contestación de si os referís al Buddhismo exotérico, popular, o bien a sus enseñanzas esotéricas. Del siguiente, modo se explica él primero, en el Catecismo Buddhista: “Considera el alma como una palabra empleada por el ignorante para expresar una idea falsa. Si cada cosa está sujeta a cambio, hay que incluir entonces al hombre, y cada parte material del mismo debe cambiar. Lo que está sujeto a cambio no es permanente; por lo tanto, una cosa inconstante no puede tener una supervivencia inmortal”. Esto parece claro y definido. Pero cuando llegamos a la cuestión de que la nueva personalidad en cada renacimiento sucesivo es el agregado de los skandhas o atributos de la antigua personalidad, y preguntarnos si esa nueva agregación de skandhas es también un nuevo ser, en el que no ha quedado nada del último, leemos que: “En un sentido es un nuevo ser, y en otro no lo es. Durante esta vida los skandhas cambian continuamente. Mientras que el hombre A. B. de cuarenta años respecto a la personalidad es idéntico al joven A. B. de dieciocho, sin embargo, por el gasto y reparación continuos de su cuerpo y el cambio de inteligencia y carácter, es un ser diferente. No obstante, en la vejez, el hombre recoge con justicia la recompensa a los sufrimientos correspondientes a sus pensamientos y acciones en cada período anterior de la vida. De igual modo, el nuevo ser, en cada renacimiento, siendo la misma individualidad de antes (mas no la misma personalidad), con una forma distinta o nueva agregación de skandhas, recoge con justicia las consecuencias de sus actos y pensamientos en una existencia anterior. Esto es metafísica abstrusa, y de ningún modo expresa la negación del alma. 

PREG. ¿No habla el Buddhismo esotérico de algo parecido?

 TEÓS. Sí, porque esta doctrina pertenece a la vez al Buddhismo esotérico o Sabiduría Secreta, y al Buddhismo exotérico o filosofía religiosa de Gautama Buddha.

PREG. Pero nos dicen claramente que la mayor parte de los Buddhistas no creen en la inmortalidad del Alma.


TEÓS. Tampoco creemos nosotros en ella, si entendéis por alma el ego personal o alma de vida (Nephesh). Pero todo Buddhista instruido cree en el Ego individual o divino. Los que no creen en él se equivocan en su juicio. Se equivocan respecto a este punto como aquellos cristianos que confunden las interpolaciones teológicas de los últimos redactores de los Evangelios, acerca de la condenación y el fuego del infierno, con el lenguaje verbatím de Jesús. Ni Buddha ni Cristo jamás escribieron cosa alguna; pero ambos se expresaron alegóricamente y usaron “palabras oscuras”, como hicieron y seguirán haciendo aún por mucho tiempo todos los Iniciados verdaderos. Ambas Escrituras tratan de todas esas cuestiones metafísicas con mucha prudencia y cautela; y los anales Buddhistas y Cristianos pecan por ese exceso de exoterismo, extralimitando ambos el sentido de la letra muerta.

 PREG. ¿Pretenderíais decir que ni las enseñanzas de Buddha ni las de Cristo han sido hasta ahora correctamente interpretadas?

 TEÓS. Es precisamente lo que pienso. Ambos Evangelios, el Buddhista y el Cristiano, fueron predicados con el mismo objeto. Ambos reformadores fueron ardientes filántropos y altruistas prácticos, predicando, sin género alguno de duda, el Socialismo más noble y elevado, el propio sacrificio, hasta el último momento de su vida. “Recaigan sobre mí los pecados del mundo entero, a fin de que pueda aliviar las miserias y sufrimientos del hombre”, exclama Buddha. “No dejaría yo gemir a quien pudiera salvar”, dice el Príncipe mendigo, cubierto de harapos desechados de los cementerios. “Venid a mí vosotros, todos los que trabajáis y estáis agobiados, y yo os daré descanso”; así llama a los pobres y desheredados el “hombre de las angustias” que no tenía en dónde descansar la cabeza. Ambos basan sus enseñanzas en el amor ilimitado a la humanidad, en la caridad, en el perdón de las injurias, en el olvido de sí mismo y en la piedad por las engañadas masas; ambos manifiestan el mismo desprecio a las riquezas, y no hacen diferencia entre meum y tuum.

Era su deseo, aunque sin revelar todos los sagrados misterios de la iniciación, atraer a los ignorantes extraviados, cuya carga en la vida fuera excesiva; darles esperanza y hacerles entrever lo suficiente de la verdad para que fuese un auxilio en sus horas más penosas. Pero el objeto de los dos reformadores se vio frustrado a causa del exceso de celo de sus discípulos posteriores. Habiendo sido mal comprendidas e interpretadas las palabras de los Maestros, ¡ved las consecuencias!

 PREG. Buddha debió de negar, sin embargo, la inmortalidad del alma, ya que todos los orientalistas y sus propios sacerdotes así lo afirman.

 TEÓS. Los Arhats siguieron al principio el sistema de su Maestro; pero la mayoría de los sacerdotes que les sucedieron no estaban iniciados, como igualmente sucedió en el Cristianismo; así es que, poco a poco, casi llegaron a perder las grandes verdades esotéricas. Prueba de ello es que de las dos sectas existentes en Ceylan, cree la siamesa que la muerte es el aniquilamiento absoluto de la individualidad y de la personalidad; y la otra explica el Nirvana en el sentido en que lo hacemos los teósofos.

PREG. Pero en ese caso, ¿por qué representan el Buddhismo y el Cristianismo los dos polos opuestos de esa creencia?

TEÓS. Porque no eran iguales las condiciones en que fueron predicados. Celosos los Brahmanes de la India de su superior sabiduría, excluyendo de la misma a todas las castas excepto la suya, precipitaron a millones de hombres en la idolatría y casi en el fetichismo. Tenía Buddha que dar el golpe de gracia a una exuberancia tan grande de superstición fanática y de fantasía malsana, nacidas de la ignorancia, como rara vez se ha conocido anterior o posteriormente en la historia. Más vale un ateísmo filosófico, que no semejante culto ignorante, para aquellos “que invocan a sus dioses, no son oídos ni atendidos” y viven y mueren en un estado de desesperación mental. Tenía que contener, ante todo, aquel cenagoso y corrompido torrente de superstición; extirpar los errores, antes de dar a conocer la verdad.

Y como no podía darla a conocer toda, por las idénticas y buenas razones que tenía Jesús cuando decía a sus discípulos que no eran para las masas ignorantes los Misterios del Cielo, sino sólo para los elegidos y, por lo tanto, “les hablaba en parábolas”(Mat. XIII, 10,11), así Buddha llevó su prudencia al extremo de ocultar demasiado. Hasta se negó a contestar al monje Vacchagotta si existía o no en el hombre un Ego. Instado a que contestase, “el hombre Sublime permaneció silencioso”17.
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17 En el diálogo traducido del Samyutaka Nikaya, por Oldenburg, Buddha da a Ananda, su discípulo iniciado, que le pregunta la razón de este silencio, una respuesta clara e inequívoca: “Si yo, Ananda, al preguntarme el monje errante Vacchagotta “¿Existe el Ego?”, hubiese contestado “el Ego existe”, entonces, Ananda, esto hubiese confirmado la doctrina de los Samanas y Brahmanes que creen en la permanencia. Si yo, Ananda, cuando el monje errante Vacchagotta me preguntó “¿no existe el ego?”, hubiese contestado “ el Ego no existe”, entonces, Ananda, esto hubiese confirmado la doctrina de los que creen en la aniquilación. Si yo, Ananda, cuando el monje errante Vacchagotta me preguntó “¿Existe el Ego?”, le hubiese contestado “el Ego existe”, ¿hubiese esto servido a mi propósito, Ananda, produciendo en él el conocimiento de que todas las existencias (dahmma) son no–ego? Pero si yo, Ananda, hubiese contestado “el Ego no existe”, entonces, Ananda, esto solo hubiese dado por resultado producir en el monje errante Vacchagotta una nueva confusión. “¿Mi Ego, no existía antes? ¡Y ahora ya no existe!” Esto demuestra mejor que nada que Gotama Buddha rehuía dar a las masas semejantes doctrinas metafísicas difíciles, para no turbarlas más aún. A lo que se refería era a la diferencia que hay entre el Ego personal temporal y el Yo Supremo que vierte su luz sobre el Ego imperecedero, el “Yo” espiritual del hombre
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PREG. Esto se refiere a Gotama, ¿pero qué relación tiene con los Evangelios?

TEÓS. Leed la historia y reflexionad. En el tiempo en que tuvieron lugar los hechos que describen los Evangelios, existía una fermentación intelectual análoga en todo el mundo civilizado, sólo que con resultados opuestos en el Oriente y el Occidente. Los antiguos dioses morían. Mientras las clases civilizadas en Palestina dejaban se arrastrar por los incrédulos Saduceos a las negaciones materialistas, sólo por la mera letra muerta de la forma mosaica, y Roma se hallaba en plena disolución moral, las clases inferiores y pobres corrían tras la brujería y dioses extraños, o volvían sé hipócritas. Una vez más había sonado la hora de una reforma espiritual. El Dios celoso, cruel y antropomórfico de los Judíos, con sus leyes sanguinarias de “ojo por ojo y diente por diente”, derramando sangre y sacrificando animales, tenía que relegarse a segundo término y verse reemplazado por el misterioso “Padre en Secreto”. Había de presentarse este último, no como un Dios extracósmico, sino como un divino Salvador del hombre de carne, encerrado en su propio corazón y alma, tanto en el pobre como en el rico.

Ni aquí ni en la India podían los secretos de la iniciación ser divulgados, a menos que, por dar lo que es santo a los perros y por echar perlas a los cerdos, se viesen el Revelador y el revelado pisoteados y arrastrados por los suelos. De ahí las reticencias de Buddha y de Jesús (el cual, sea que haya vivido o no fuera del período histórico que se le señala, se abstuvo de revelar claramente los misterios de la Vida y de la Muerte). Esas reticencias trajeron, en el primer caso, las vacías negaciones del Buddhismo meridional; y en el segundo, las tres formas contradictorias de la Iglesia Cristiana y las trescientas sectas existentes, sólo en la protestante Inglaterra. demuestra




PREG. ¿Cómo explicáis, pues, el que el hombre esté dotado de un espíritu y un alma? ¿De dónde proceden?

TEÓS. Del Alma Universal; no concedidos ciertamente por un Dios personal. ¿De dónde procede en el pez jalea el elemento húmedo? Del Océano que lo rodea, en el que vive y respira, y al que vuelve cuando se disuelve.

PREG. ¿Negáis entonces que el alma sea dada por Dios al hombre?

TEÓS. Nos vemos obligados a ello. El “alma” de que sé habla en el capítulo II del Génesis (v. 7) es, según está escrito, el “alma viviente” o Nephesh (el alma vital, animal), con la que Dios (nosotros decimos la Naturaleza” y la ley inmutable) dota tanto al hombre como a los animales. De ningún modo es el alma que piensa, la mente, y mucho menos el Espíritu inmortal.

PREG. Presentaré la cuestión de otro modo: ¿es Dios quien dota al hombre de un alma humana racional y de un Espíritu inmortal?

TEÓS. Dada la forma en que planteáis la cuestión, no podemos estar de acuerdo. Puesto que no creemos en un Dios personal, ¿cómo podemos creer que dote al hombre de cosa alguna? Pero, suponiendo, en consideración al argumento, un Dios que tome sobre sí el riesgo de crear un alma nueva para cada recién nacido, todo lo que se puede decir es que difícilmente puede considerarse a un Dios semejante, dotado de sabiduría o previsión. Otras dificultades, y la imposibilidad de conciliarlas con la piedad, justicia, equidad y omnisciencia que se atribuyen a ese Dios, son otros tantos escollos contra los que se estrella constantemente aquel dogma teológico.

PREG. ¿A qué os referís? ¿Cuáles son esas dificultades?

TEÓS. En este instante se me ocurre un argumento incontestable dirigido un día en mi presencia por un sacerdote Buddhista Cingalés, predicador famoso, a un misionero Cristiano, hombre nada ignorante y bien preparado para la discusión pública en la que fue presentado ese argumento. Era cerca de Colombo, y el misionero había desafiado al sacerdote Megittuvate a que presentase las razones por las que los “paganos” no admiten el Dios Cristiano. Pues bien, el misionero salió, como de costumbre en semejantes casos, malparado de aquella memorable discusión.

PREG. Desearía saber lo que sucedió.

TEÓS. Ocurrió lo siguiente: el sacerdote Buddhista empezó por preguntar al padre si su Dios había dado mandamientos a Moisés para que los cumpliesen los hombres, pero para ser violados por Dios mismo. El misionero rechazó indignado esa suposición. “Pues bien –dijo su adversario–, nos decís que Dios no admite excepción a esta regla, y que no puede nacer alma alguna sin su voluntad. Dios prohíbe el adulterio, entre otras cosas, y, sin embargo, afirmáis al mismo tiempo que Él es quien crea a cada recién nacido, Él quien lo dota de un alma. ¿Hemos de entender, entonces, que son obra de vuestro Dios los millones de criaturas nacidas en el crimen y el adulterio? ¿Que vuestro Dios prohíbe y castiga la violación de sus leyes, y que, a pesar de ello, crea cada día y a cada momento almas para esas mismas criaturas? Según la lógica más elemental, ese Dios es cómplice en el crimen, puesto que sin su ayuda e intervención, aquellos hijos de la lujuria no podrían haber nacido. ¿Dónde está la justicia, castigando no solamente a los padres culpables, sino hasta a la inocente criatura, por lo hecho por ese Dios mismo, al que, sin embargo, descargáis de toda culpa?…” El misionero miró el reloj, y de repente observó que se iba haciendo tarde para continuar la discusión.

PREG. ¿Olvidáis que todos esos casos inexplicables son misterios y que nuestra religión nos prohíbe analizar los misterios de Dios?

TEÓS. No, no lo olvidamos, pero rechazamos simplemente tales imposibilidades. Tampoco queremos haceros creer lo que creemos nosotros. Contestamos únicamente a las preguntas que nos dirigen. Tenemos, sin embargo, otro nombre para vuestros “misterios”.