PREG. Juzgo que está casi de más preguntaros si creéis en los dogmas cristianos del Paraíso y el Infierno, o en recompensas y castigos futuros, según enseñan las Iglesias Ortodoxas.

TEÓS. Los rechazamos en absoluto, en la forma que los presentan sus catecismos; y aún aceptaríamos jamás su eternidad. Pero creemos firmemente en lo que llamamos la Ley de retribución, y en la justicia y sabiduría absolutas que rigen esa ley, o Karma. Por lo tanto, nos negamos terminantemente a compartir la creencia cruel y antifilosófica de la recompensa o castigo eternos.

Decimos con Horacio:

Fíjense las reglas que nuestro furor repriman
Y castíguense las culpas con pena proporcionada;
Mas no destruyáis a aquel que merece sólo
Un latigazo por la falta cometida

Ésta es una regla para todos los hombres, y una regla justa. ¿Hemos de creer que Dios, que según vosotros es la personificación de toda sabiduría, amor y misericordia, tiene en menor grado esos atributos que el hombre mortal?

PREG. ¿Tenéis algunas razones para rechazar ese dogma?

TEÓS. Nuestro principal motivo se apoya en la reencarnación. Como ya he dicho, no admitimos la idea de la creación de una nueva alma para cada niño recién nacido. Creemos que todo ser humano es el vehículo de un Ego, coetáneo con todos los demás Egos; porque todos los Egos son de la misma esencia y pertenecen a la emanación primera de un Ego Universal infinito. A este último lo llama Platón el Logos (o segundo Dios manifestado); y nosotros, el principio divino, manifestado, que es uno con la inteligencia o alma universal; y no el Dios antropomórfico, extracósmico y personal, en quien tantos deístas creen. No confundáis.

PREG. ¿Pero por qué, desde el momento en que aceptáis un principio manifestado, no habéis de creer que el alma de cada nuevo ser es creada por aquel Principio así como lo fueron antes todas las almas?

TEÓS. Porque lo que es impersonal mal puede crear, proyectar y pensar a su antojo. Existiendo una Ley universal, inmutable en sus manifestaciones periódicas de radiación y expresión de su propia esencia, al principio de cada nuevo ciclo de vida, no se le puede atribuir la creación de los hombres con el solo objeto de arrepentirse después de unos cuantos años de haberlos creado. Si hemos de creer en algún principio divino, ha de ser en aquel que representa la armonía, la lógica y la justicia absolutas, como es el amor, la sabiduría y la imparcialidad absolutas; y un Dios que crease a cada alma para una vida de breve duración, sin preocuparse de si había de animar el cuerpo de un hombre rico y feliz, o el de un pobre miserable que sufre, desgraciado desde que nace hasta que muere, sin haber hecho nada para merecer su cruel destino, más bien que un Dios, sería un demonio implacable 27. Ni los mismos filósofos judíos, creyentes en la Biblia Mosaica (esotéricamente, se entiende), jamás concibieron semejante idea. Además creían, tal como nosotros, en la reencarnación.

PREG. ¿Podéis darme algunos ejemplos en prueba de ello?

TEÓS. Seguramente. Filón Judeo dice (De Somiis, pág. 455): “El aire está lleno de ellas (de almas); las que se hallan más cerca de la Tierra descienden para ser unidas a los cuerpos mortales, palindomouçin auqiç, y vuelven a otros cuerpos, deseando vivir en ellos”. Según se ve en el Zohar, el alma defiende ante Dios su libertad: “¡Dios del Universo!”, dice “Soy tan feliz en este mundo y no deseo ir a otro, donde seré una sierva expuesta a toda clase de corrupciones28. La doctrina de la necesidad fatal, la inmutable y eterna Ley, queda afirmada en la respuesta de la Divinidad: “Contra tu voluntad te conviertes en embrión, y contra tu voluntad naces29. Incomprensible, sería la luz sin la oscuridad que la hace manifiesta por el contraste; el bien no sería el bien, sin el mal, que nos enseña la naturaleza inapreciable del primero; y la virtud personal ningún mérito tendría a no haber pasado precisamente par las tentaciones. Fuera de la Deidad oculta, nada hay eterno y permanente. Nada de lo que es finito –sea porque tuvo un principio o debe tener un fin– puede quedar estacionado. Ha de progresar o retroceder; y un alma que aspira a la reunión con su espíritu, único que puede conferir la inmortalidad, ha de purificarse a través de las transmigraciones cíclicas, en su camino hacia la única región de gloria y eterno descanso, llamada en el Zohar “El Palacio del Amor”; “Moksha, en la religión Hindú; “El Pleroma de la luz eterna”, entre los Gnósticos, y “Nirvana” entre los Buddhistas. Y todos estos estados no son eternos, sino temporales.

PREG. Sin embargo, en esto no se trata de reencarnación.

TEÓS. A un alma que suplica se le concede permanecer en donde se encuentra, debe ser preexistente, y no haber sido creada para aquella ocasión. Sin embargo, aún hay otra prueba mejor en el Zohar. Hablando de los Egos que se reencarnan (las almas racionales), aquellos cuya última personalidad ha de desaparecer por completo, dice:

“Todas las almas que no son inocentes en este mundo, en el cielo se han apartado ya del Santo único bendito sea su Nombre; se han precipitado ellas mismas en un abismo, a riesgo de su propia existencia, y han anticipado el momento en que han de volver [una vez más a la tierra]. “El Santo único” significa aquí, esotéricamente, el Âtman o Âtmâ–Buddhi.

PREG. Por otra parte, es muy extraño que nos hablen del “Nirvana” como de algo sinónimo del Reino de los Cielos, o Paraíso, ya que, según todos los Orientalistas de fama, el Nirvana es sinónimo de aniquilamiento.

TEÓS. Considerado literalmente, respecto a la personalidad y a la materia diferenciada, sí; pero no de otro modo. Esas ideas acerca de la reencarnación y la trinidad del hombre las sostuvieron muchos de los primeros Padres Cristianos. La confusión originada por los traductores del Nuevo Testamento y de los antiguos tratados filosóficos, acerca del alma y el espíritu, fue la causa que produjo tantas desavenencias y errores. Es también una de las muchas razones por las que Buddha, Plotino y tantos otros iniciados son acusados actualmente de haber aspirado a la extinción total de sus almas la –” absorción en la Deidad” o “reunión con el alma universal”– lo que significa, según las ideas modernas, aniquilamiento. El alma personal tiene, por supuesto, que ser desintegrada en sus partículas, antes que pueda fundir para siempre su existencia más pura con el Espíritu inmortal. Pero los traductores de los Hechos, así como de las Epístolas, que presentaron los fundamentos del Reino de los Cielos; y los comentadores modernos del Sutra Buddhista de la fundación del Reino de la Justicia, han alterado tanto el sentido del gran apóstol del Cristianismo como el del gran reformador de la India. Los primeros han desfigurado la palabra psuchicos (yucikoç); así es que ningún lector puede imaginarse que tenga relación alguna con el alma; y por efecto de esa confusión entre el alma y el Espíritu, los que leen la Biblia sólo obtienen en esta materia un sentido falseado. Por otra parte, los intérpretes de Buddha no han sabido comprender el significado y el objeto de los cuatro grados Buddhistas de Dhyâna. Preguntad a los Pitagóricos si ese espíritu, que da vida y movimiento, y participa de la naturaleza de la luz, puede ser reducido a la no entidad. ¿Puede el espíritu, sensible hasta en los animales que ejercitan la memoria, una de las facultades racionales, morir y volver a la nada?, observan los Ocultistas.

En la filosofía Buddhista, la aniquilación sólo significa una dispersión de la materia, en cualquier forma o apariencia de forma que sea, porque todo cuanto posee una forma es temporal y, por lo tanto, realmente una ilusión. Para la eternidad, los más largos períodos del tiempo pueden compararse a un abrir y cerrar de ojos; y así ocurre respecto a la forma. Antes que tengamos tiempo de darnos cuenta de su existencia, ha desaparecido y pasado para siempre, como el resplandor instantáneo del relámpago.

Cuando la entidad espiritual rompe para siempre con cada partícula de materia, substancia o forma, y vuelve a ser un hálito espiritual, sólo entonces es cuando penetra en el eterno invariable Nirvana, viviendo tanto tiempo como duró el ciclo de vida: una eternidad verdaderamente. Y entonces aquel hálito, existiendo en espíritu, no es nada porque es todo; como forma, apariencia o figura, es por completo aniquilado; como espíritu absoluto, aún es, porque se ha convertido en la Egoeidad. La frase: “absorbido en la esencia universal”, que se usa cuando se habla del alma como espíritu, significa: unión con. Jamás puede significar aniquilamiento, que implicaría separación eterna.

PREG. ¿No os exponéis a la acusación de predicar el aniquilamiento, dado el lenguaje que empleáis? Pues acabáis de hablar del alma del hombre que vuelve a sus primeros elementos.

TEÓS. Olvidáis que he tratado de las diferencias existentes entre los varios significados de la palabra “alma” y demostrado la vaguedad con que ha sido traducido hasta ahora el término “espíritu”. Hablamos del alma animal, humana y espiritual, y distinguimos entre ellas. Platón, por ejemplo, llama “alma racional” a lo que nosotros llamamos buddhi, añadiendo el adjetivo “espiritual”; pero a lo que llamamos el Ego que se reencarna, Manas, lo llama espíritu, Nous, etcétera; y aplicamos el término Espíritu, sólo y sin calificación alguna, a Âtma únicamente. Confirma Pitágoras nuestra doctrina arcaica al decir que el Ego (Nous) es eterno con la Deidad; que el alma sola pasa por varios grados para alcanzar la excelencia divina, mientras que thumos vuelve a la tierra, y hasta el phren, el Manas inferior, queda eliminado. Además define Platón el
alma (buddhi) como “el movimiento capaz de moverse a sí mismo”. “El alma –añade (Leyes X)– es la más antigua de todas las cosas, y el principio, del movimiento”; llamando así a Âtmâ–Buddhi, “alma”, y a Manas, “espíritu”, lo que no hacemos nosotros.
“
El alma fue creada antes que el cuerpo, y éste es posterior y secundario, siendo, según la naturaleza, gobernado por el alma.” “El alma, que rige todas las cosas que se mueven en cada dirección, rige igualmente los cielos. El alma, por lo tanto, gobierna todas las cosas en el cielo y en la tierra, así como en el mar, por sus movimientos, cuyos nombres son: querer, considerar, vigilar, consultar, formar opiniones justas y erróneas, tener alegría, pena, confianza, miedo, odio, amor, junto con todos aquellos movimientos primitivos que están unidos a éstos. Siendo una diosa, siempre tiene a Nous, un dios, por aliado, y ordena todas las cosas correcta y felizmente; pero cuando se une a Annoia (no a Nous), trabaja en todas las cosas en opuesto sentido.” En este lenguaje, así como en los textos buddhistas, se considera lo negativo como existencia esencial. El aniquilamiento está explicado de un modo semejante. El estado positivo es el ser esencial, pero, no la manifestación como tal. En lenguaje Buddhista, cuando entra el espíritu en el Nirvana, pierde la existencia objetiva, pero conserva el ser subjetivo. Para las inteligencias objetivas, esto es convertirse en absolutamente nada, y para las subjetivas, en NINGUNA COSA, en nada que pueda ser manifestado a los sentidos. Por consiguiente, su Nirvana significa la certidumbre de la inmortalidad
individual en espíritu, no en alma, la cual, si bien es “la más antigua de todas las cosas”, es, sin embargo, en unión con todos los demás Dioses, una emanación finita en formas e individualidad, si no en substancia.

PREG. No comprendo bien aún la idea, y os agradecería la desarrollaseis por medio de algunos ejemplos.

TEÓS. No cabe duda que es muy difícil de comprender, y especialmente para el que ha sido educado en las ideas ortodoxas comunes de la Iglesia Cristiana. Debo además deciros que, a no ser que hayáis estudiado perfectamente las funciones separadas asignadas a todos los “principios” humanos, y el estado de todos ellos después de la muerte, difícilmente comprenderéis nuestra filosofía Oriental.

27 Véase más adelante: “De la recompensa y castigo del Ego.”
28 Zohar, vol. II, pág. 9.
29 Mishna, Aboth, vol .IV, pág. 19.



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                                         EL HOMBRE FÍSICO Y EL ESPIRITUAL

PREG. Celebro saber que creéis en la inmortalidad del alma.

TEÓS. No “del alma”, sino del Espíritu divino; o mejor dicho, en la inmortalidad del Ego que se reencarna.

PREG. ¿Cuál es la diferencia?

TEÓS. Una muy grande en nuestra filosofía; mas ésta es una cuestión demasiado abstracta y difícil para tratarla poco detenidamente y de paso. Hemos de analizarla separadamente primero, y en conjunto después. Podemos principiar por el Espíritu. Decimos que el Espíritu (el “Padre en Secreto” de Jesús), o Âtman, no es propiedad individual del hombre alguno, sino la esencia divina que carece de cuerpo y forma, que es imponderable, invisible e indivisible, aquello que no existe, y sin embargo es, como dicen del Nirvana los buddhistas. Ampara solamente al mortal, pues lo que penetra en él y llena su cuerpo entero son sólo sus omnipresentes rayos o luz proyectada por medio de Buddhi, su vehículo y emanación directa. Ésta es la razón secreta de las afirmaciones de casi todos los antiguos filósofos, cuando decían que “la parte racional del alma del hombre”24 nunca entraba completamente en él, pero que sólo lo amparaba más o menos por medio del alma irracional espiritual o Buddhi”25.

PREG. Estaba en la idea de que sólo el “alma animal” era irracional, no la divina.

TEÓS. Tenéis que aprender la diferencia que existe entre lo que es “irracional” negativa o pasivamente, porque no está diferenciado, y lo que es irracional por ser demasiado activo y positivo. El hombre es una correlación de poderes espirituales, tanto como una correlación de fuerzas químicas y físicas, llamados a funcionar por lo que llamamos “principios”.

PREG. Mucho he leído sobre este asunto, y me parece que las nociones de los antiguos filósofos diferían mucho de las de los kabalistas de la Edad Media, si bien concuerdan en algunos puntos.

TEÓS. La diferencia más substancial entre ellos y nosotros es la que sigue: mientras nosotros creemos, con los neoplatónicos y las doctrinas orientales, que jamás el Espíritu (Âtma) desciende hipostáticamente en el hombre viviente, sino que sólo da su resplandor más o menos intenso al hombre interno (el compuesto psíquico y espiritual de los principios astrales), los kabalistas sostienen que el espíritu humano, separándose
del Océano de luz y del Espíritu Universal penetra en el alma del hombre, donde permanece, durante la vida prisionero en la cápsula astral. Aún sostienen lo mismo todos los kabalistas cristianos, porque no son capaces de romper por completo con sus doctrinas antropomórficas y bíblicas.

PREG. ¿Y qué decís vosotros?

TEÓS. Decimos que sólo admitimos la presencia de la irradiación del Espíritu (o Âtma) en la cápsula astral; y tan sólo en lo que concierne a ese resplandor espiritual.

Decimos que el hombre y el alma han de conquistar su inmortalidad por medio de la ascensión hacia la unidad; con la cual, si logran el éxito, quedarán unidas al fin, y en la que son finalmente absorbidas, por decirlo así. La individualización del hombre después de la muerte depende del espíritu, no de su alma y cuerpo. Aunque la palabra “personalidad”, en el sentido en que se entiende usualmente, es un absurdo si se aplica literalmente a nuestra esencia inmortal, sin embargo esta última es, como Ego nuestro individual, una entidad distinta, inmortal y eterna, per se. Sólo en el caso de tratarse de magos negros o de criminales cuya redención no es posible, criminales que así lo han sido durante una larga serie de vidas, el hilo brillante que une el espíritu al alma personal desde el momento del nacimiento de la criatura, es violentamente roto, y la entidad desencarnada se encuentra divorciada del alma personal, siendo esta última aniquilada, sin dejar en la primera la más leve impresión o rastro de sí misma.

Si esta unión entre el manas inferior, o personal, y el Ego individual que se reencarna no ha sido efectuada durante la vida, entonces tócale al primero la suerte de los animales inferiores, que gradualmente se disuelven en el éter y cuya personalidad es aniquilada; pero aun entonces es el Ego un ser individual. En tal caso sólo pierde un estado devachánico (después de esa vida especial, y en este caso, por cierto, inútil) como personalidad idealizada, y se reencarna casi inmediatamente, después de haber disfrutado por corto espacio de tiempo de su liberación como espíritu planetario.

PREG. Declara “Isis sin Velo” que esos espíritus planetarios o Ángeles, “los dioses de los paganos o los Arcángeles de los cristianos”, jamás serán hombres de nuestro planeta.

TEÓS. Perfectamente. Pero no “estos” de que ahora tratábamos, sino algunas clases de Espíritus Planetarios más elevados, los cuales no serán jamás hombres en este planeta, porque son Espíritus libertados de un mundo primitivo anterior, y como tales, no pueden volver a ser hombres en esta Tierra. Sin embargo, todos éstos vivirán de nuevo en el próximo y mucho más elevado Mahâmanvantara, después de que esta “Gran Edad” y su “pralaya bráhmico” (un pequeño período de 16 cifras de años, poco más o menos) hayan pasado. Pues sabréis, sin duda, que la filosofía oriental nos enseña que la humanidad se compone de tales “Espíritus”, prisioneros en cuerpos humanos. La diferencia existente entre los animales y los hombres consiste en que los primeros están animados potencialmente por los “principios”; y los segundos lo están actualmente 26. ¿Entendéis ahora la diferencia?

PREG. Sí; pero esta especialización ha sido en todas las edades el gran obstáculo de los metafísicos.

TEÓS. Así es. Todo el esoterismo de la filosofía Buddhista está basado sobre esta doctrina misteriosa, comprendida por tan pocas personas y tan completamente falseada por muchos de los más profundos eruditos modernos. Hasta los metafísicos tienden a confundir el efecto con la causa. Un Ego que ha ganado su vida inmortal como espíritu, seguirá siendo el mismo yo interno en todo el curso de sus renacimientos en la Tierra; pero esto no quiere decir necesariamente que haya de seguir siendo el Sr. Smith o Brown que era en la Tierra, y que de lo contrario pierda su individualidad. Por consiguiente, el alma astral y el cuerpo terrestre del hombre pueden en el oscuro más allá ser absorbidos en el Océano cósmico de los elementos
sublimados; el hombre llega a dejar de sentir su último ego personal (si no ha merecido elevarse más) y seguir aún el Ego divino, siendo la misma entidad inalterable, si bien aquella experiencia terrestre de su emanación puede quedar totalmente borrada en el momento de separarse del indigno vehículo.

PREG. Si el “espíritu” o la porción divina del alma es de toda eternidad preexistente como ser determinado, según Orígenes, Sinesio y otros filósofos semicristianos y semiplatónicos enseñaron; y si es la misma alma, metafísicamente objetiva y nada más, ¿cómo puede ser de otra manera más que eterna? ¿Y qué importa en tal caso que un hombre lleve una vida pura o animal si, haga lo que quiera, nunca puede perder su individualidad?

TEÓS. Esa doctrina, conforme acabáis de exponerla, es tan perniciosa en sus consecuencias como lo es la reparación de las faltas por medio de la intervención de un delegado. Si este último dogma, junto con la falsa idea de que todos somos inmortales, hubiese sido demostrado al mundo bajo su verdadero aspecto, su
propagación hubiese mejorado a la humanidad. Permitidme que os vuelva a repetir que Pitágoras, Platón, Timeo de Locres y la antigua Escuela Alejandrina derivaban el alma del hombre (o sus “principios” y atributos más elevados), del Alma Universal del mundo, siendo esta última, según sus enseñanzas, Aether (Pater–Zeus). Ninguno de esos “principios”, por lo tanto, puede ser la esencia pura, sin mezcla, del Monas Pitagórico o de nuestro Âtmâ–Buddhi; porque el Anima Mundi sólo es el efecto, la emanación subjetiva, o mejor dicho, la radiación del Monas. El espíritu humano (la individualidad), el Ego espiritual que se reencarna, y Buddhi, el alma espiritual, son preexistentes.

Pero mientras el primero existe como entidad distinta, o individualización, el alma existe como aliento que preexiste y es parte inconsciente de un todo inteligente. Ambos fueron formados en su origen del Océano Eterno de Luz. Pero, según se expresaron los filósofos del fuego (los teósofos de la Edad Media), hay en el fuego un espíritu visible y otro invisible. Establecían una diferencia entre el ánima bruta y el ánima divina. Empédocles creyó firmemente que todos los hombres y animales poseían dos almas; y vemos que Aristóteles llama a una el alma que raciocina, nouç, y a la otra el alma animal, yuch. Según esos filósofos, el alma que raciocina viene dentro del Alma universal, y la otra, de fuera.

PREC. ¿Llamaríais materia al alma, es decir, al alma humana que piensa, o sea lo que llamáis ego?

TEÓS. Materia no, pero substancia sí, seguramente; ni tampoco rehuiremos la palabra “materia”, siempre que venga unida al adjetivo primordial. Decimos que esta materia es coeterna con el Espíritu y que no es nuestra materia visible, tangible y divisible, sino su sublimación extrema. El Puro Espíritu no es sino un cambio del no espíritu o el Todo absoluto. A menos de admitir que el hombre ha sido evolucionado
de este Espíritu–Materia primordial, y representa una escala regular progresiva de “principios” desde la meta espíritu hasta la materia más grosera, ¿cómo podremos jamás considerar como inmortal al hombre interno y a la vez considerarlo como entidad espiritual y hombre mortal?

PREG. ¿Por qué, entonces, no creéis en Dios como tal entidad?

TEÓS. Porque lo que es infinito e incondicionado no puede tener forma alguna ni puede existir como ser, al menos en ninguna filosofía oriental digna de este nombre.

Una “entidad” es inmortal, mas sólo en su última esencia, no en su forma individual. En el último punto de su ciclo es absorbida en su naturaleza primordial, y se vuelve espíritu mando pierde su nombre de entidad.
Su inmortalidad como forma está limitada únicamente a su ciclo, de vida o al Mahâmanvantara; después de lo cual es una e idéntica con el espíritu Universal, y no ya una entidad separada. En cuanto al alma personal (lo que entendemos como la chispa de conciencia que conserva en el Ego Espiritual la idea del “yo” personal de la última encarnación), subsiste como recuerdo distinto, separado únicamente durante el período devachánico; después del cual es agregada a la serie de otras innumerables encarnaciones del Ego, como el recuerdo en nuestra memoria de un día en una serie de días, al cabo de un año. ¿Limitaréis a condiciones finitas la infinitud que reclamáis para vuestro Dios? Únicamente aquello que está indisolublemente cimentado por Âtma (es decir, Buddhi–Manas) es inmortal.

El alma del hombre (esto es, de la personalidad), per se no es inmortal, ni eterna, ni divina. Dice el Zohar: “El alma, cuando es enviada a esta Tierra, se reviste de un hábito terrenal para preservarse aquí abajo; y del mismo modo recibe arriba una brillante vestidura que la hace capaz de mirar sin daño en el espejo cuya luz procede del Señor de la Luz”. Además, el Zohar enseña que el alma no puede alcanzar la mansión de la gloria hasta haber recibido el “ósculo santo” o reunión del alma con la substancia de la que emanara (el espíritu). Todas las almas son duales y son un principio femenino, mientras que el espíritu es masculino. Encarcelado en el cuerpo, el hombre es una trinidad, a no ser que su corrupción sea tan grande, que cause su divorcio con el espíritu. “Desgraciada el alma que prefiera el himeneo sensual, con su cuerpo terrestre a su divino esposo (el espíritu)”dice un texto de una obra hermética, el Libro de las Claves. ¡Ay de ella, en efecto, porque ningún recuerdo de aquella personalidad quedará registrado en la imperecedera memoria del Ego!

PREG. ¿Y cómo aquello que si no ha sido dado por Dios al hombre, según vuestra propia confesión, es de idéntica substancia que lo divino, puede dejar de ser inmortal?

TEÓS. Cada átomo y parte de materia, así como de substancia, es imperecedero en su esencia, mas no en su conciencia individual. La inmortalidad sólo es la propia conciencia no interrumpida, y difícilmente puede la conciencia personal durar más tiempo que la personalidad misma. Esta conciencia, como ya os dije, sobrevive tan sólo durante el período devachánico, después del cual es reabsorbida en la conciencia individual primero y en la universal después.

Preguntad a vuestros teólogos por qué han alterado tan profundamente las escrituras judaicas. Leed la Biblia, si queréis tener una buena prueba de que especialmente los escritores del Pentateuco y del Génesis jamás consideraron a nephesh, el soplo con que Dios dotó a Adán (Gén. cap. II, 7), como alma inmortal. He aquí algunos ejemplos: –”Y Dios creó… a cada nephesh (vida), que se mueve” (Gén. I, 21), refiriéndose a los animales; y dice el Génesis (II, 7): “Y el hombre se volvió un Nephesh” (alma viviente), lo que demuestra que la palabra nephesh se aplicaba indiferentemente tanto al hombre inmortal como al animal mortal. “Y seguramente os pediré la sangre de vuestro nepheshim (vidas); lo pediré a cada animal y al hombre” (Gén. IX, 5. “Huye por tu nephesh” (Gén. XIX, 17). “No le matemos”, dice la versión inglesa (XXXVII, 21). “No matemos a su nephesh”, dice el texto Hebraico. “Nephesh por nephesh”, dice el Levítico. “Aquel que mate a cualquier hombre será seguramente muerto”; literalmente, “Aquel que mate al nephesh de un hombre” (Lev. XXIV, 17). “Y el que mata a un animal (nephesh) tiene que pagarlo… Animal por animal”, en vez del texto que dice: “nephesh por nephesh”. ¿Cómo podría el hombre matar lo que es
inmortal? Y esto también explica por qué los saduceos negaban la inmortalidad del alma; como también prueba que, muy probablemente, los judíos mosaicos (los no iniciados al menos) jamás creyeron en la supervivencia del alma.
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24 Significando la palabra “racional”, en su sentido genérico, algo que emana de la Sabiduría Eterna.
25 Irracional en el sentido de que, como pura encarnación de la Mente Universal, no puede tener en este
plano de materia razón alguna individual propia; pero como la Luna, que recibe su luz del Sol y su vida de
la Tierra, así también Buddhi, recibiendo su luz de sabiduría de Atma, alcanza sus cualidades racionales de
Manas. Carece per se, como cosa homogénea, de atributo alguno.
26 Véase Doctrina Secreta, vol. II (Comentarios)



PREG. Tenemos grandes helenistas, latinistas, sanscritistas y hebraístas. ¿Cómo explicáis que no hallemos nada en sus traducciones que se refiera a lo que decís?

TEÓS. Porque sus traductores, a pesar de su gran saber, han tomado a los filósofos, a los griegos especialmente, por escritores nebulosos, en vez de reconocer que son místicos. Ved a Plutarco, por ejemplo, y leed lo que dice respecto de los “principios” del hombre. Lo que describe fue aceptado literalmente y atribuido a superstición metafísica e ignorancia. Permitidme que os cite un ejemplo: “El hombre –dice Plutarco– es compuesto; y se equivocan los que lo creen compuesto de dos partes solamente.

Pues suponen que el entendimiento (intelecto del cerebro) es una parte del alma (la tríada superior); pero yerran en esto, lo mismo que los que hacen del alma una parte del cuerpo (es decir, de la tríada una parte del cuaternario mortal corruptible). Pues el entendimiento (Nous), tanto excede al alma como ésta sobrepuja en bondad y divinidad al cuerpo. Ahora bien, ese compuesto del alma (psuche) con el entendimiento (Nous) forma la razón; y con el cuerpo (o thumos, alma animal), la pasión; siendo el uno origen o principio del placer y del dolor, y el otro de la virtud y el vicio. De esas tres partes unidas y compactas entre sí, la Tierra dio el cuerpo, la Luna el alma y el Sol el entendimiento a la generación humana”.

Esta última frase es puramente alegórica, y sólo la entenderán aquellos que están versados en la ciencia esotérica de las correspondencias y que saben cuál es el planeta relacionado con cada principio. Plutarco divide estos últimos en tres grupos, y hace del cuerpo un compuesto de forma física, sombra astral y aliento, o parte triple inferior, que de la Tierra fue sacada, y a la Tierra vuelve”. Del principio medio y del alma instintual forma la segunda parte, derivada de la Luna y siempre influida por ella21, y únicamente de la parte superior del Alma Espiritual (Buddhi), con los elementos Átmicos y Manásicos en ella, hace una emanación directa del Sol, que aquí representa a Agathon, la Deidad Suprema. Esto está probado por lo que más adelante dice:

“Así es que de las muertes por las que pasamos, la una hace al hombre dos de tres y la otra uno de dos. La primera ocurre en la región y jurisdicción de Deméter, por lo que el nombre dado a los misterios, telein, se asemejaba al que daban a la muerte, telein tan. También los atenienses consideraron antiguamente a los muertos como consagrados a Deméter.  En cuanto a la otra muerte, tiene lugar en la Luna o región de Perséfona.”

Aquí tenéis nuestra doctrina, que da a conocer al hombre como septenario durante la vida; un quinario inmediatamente después de la muerte, en Kâmaloka; y una tríada, el Ego, espíritu–alma y conciencia, en el Devacán. Esa separación, primero en los “Prados del Hades”, según llama Plutarco al Kâma–loka, y después en el Devacán, formaba parte integrante de las representaciones durante los sagrados Misterios, cuando interpretaban los candidatos a la iniciación el drama entero de la muerte y resurrección como espíritu glorioso, entendiéndose por este nombre la plena conciencia. A esto es a lo que se refiere Plutarco cuando dice:

“Y tanto con el uno, el terrestre, como con el otro, el celeste, vive Hermes. Éste arranca repentina y violentamente al alma del cuerpo; pero dulcemente, y durante largo tiempo, separa Proserpina el entendimiento del alma22. Por esta razón se la llama Monógenes, sola engendrada, o mejor que engendra a uno solo; porque la mejor parte del hombre queda sola cuando es separada por ella. Tanto lo uno como lo otro sucede así, de acuerdo con la Naturaleza. Prescribe el Destino (Fatum o Karma) que cada alma, con o sin entendimiento (inteligencia), una vez fuera del cuerpo, ha de errar durante un tiempo determinado, si bien no todas por igual, por la región que se extiende entre la Tierra y la Luna (Kâma–loka)23.

Los que fueron injustos y disolutos sufren entonces el castigo merecido por sus culpas; mas los buenos y virtuosos quedan allí detenidos hasta que estén purificados y hayan purgado por asedio de la expiación todas las corrupciones que puedan haber adquirido por el contagio del cuerpo, al modo de enfermedades vergonzosas; viviendo en la parte más suave del aire, llamada Prados del Hades, donde han de permanecer durante cierto tiempo determinado. Y entonces, como si volviesen a su país tras una peregrinación venturosa o tras largo destierro, experimentan una sensación de alegría, como la sienten principalmente los iniciados en los Sagrados Misterios, mezclada de inquietud y de admiración, y cada cual con sus esperanzas peculiares y propias.”

Ésta es la bienaventuranza nirvánica, y ningún teósofo podría describir en lenguaje más claro, aunque esotérico, la alegría y gozos mentales del Devacán, en donde cada hombre se ve rodeado del paraíso formado por su conciencia. Pero debéis poneros en guardia contra el error en que caen hasta muchos de nuestros teósofos. No os imaginéis que porque el hombre es llamado septenario, luego quíntuple, y después
tríada, sea por esto un compuesto de siete, cinco o tres entidades; o como dice muy bien un escritor teosófico, un conjunto dé pieles o cortezas separables, como las de una cebolla. Como ya se ha dicho, los “principios”, exceptuados el cuerpo, la vida y el eidolon astral, los cuales se dispersan a la muerte, son simplemente aspectos y estados de conciencia. Sólo existe un hombre real permanente a través del ciclo de vida, inmortal en esencia, si no en forma, y ése es manas, el hombre–mente o conciencia encarnada. La objeción de los materialistas, que niegan la posibilidad de la acción de la inteligencia y de la conciencia sin la materia, no tiene valor alguno en el caso nuestro. No negamos fuerza a su argumento, pero preguntamos sencillamente a nuestros adversarios: “¿Conocéis todos los estados de la materia, vosotros que hasta ahora sólo sabíais de tres? ¿Y cómo sabéis si aquello a que nos referimos como CONCIENCIA ABSOLUTA, o Deidad, por siempre invisible e incognoscible, no es lo que, si bien escapa eternamente a nuestro concepto humano finito, es, sin embargo, el espíritu–materia universal o materia–espíritu, en su infinitud absoluta?” El Ego consciente es uno de los aspectos inferiores de este espíritu–materia fraccionado durante sus manifestaciones manvantáricas, el cual crea su propio paraíso, paraíso fantasmagórico quizás, pero sin embargo estado de dicha.

PREG. ¿Pero qué es Devacán?

TEÓS. Literalmente, la “tierra de los dioses”; una condición, un estado de felicidad mental. Filosóficamente, una condición mental análoga al ensueño, pero mucho más viva y real que el ensueño más vivo. Es el estado de la mayoría de los mortales después de la muerte.

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21 Los Kabalistas que conocen la relación que existe entre Jehová, el productor de la vida y de los hijos, con la Luna, y la influencia de esta última en la generación, comprenderán este punto, así como algunos
astrólogos.
22 Proserpina o Perséfone representa aquí el karma post mortem, que se supone rige o regula la separación de los “principios” inferiores de los superiores, esto es : el alma, como nephesh, el hálito de la vida animal que permanece durante algún tiempo en Kâma–loka, del Ego superior compuesto, que entra en el estado de Devacán o bienaventuranza.
23 Hasta que tiene lugar la separación del “principio” superior espiritual, de los inferiores, los cuales permanecen en Kâma–loka, hasta que se desintegran.
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PREG. ¿Enseñáis realmente, según la acusación formulada contra vosotros por algunos espiritualistas y espiritistas franceses, la aniquilación de toda personalidad?

TEÓS. No lo hacemos. Pero como esa cuestión de la dualidad –la individualidad del Ego divino y la personalidad del animal humano– envuelve la de la posibilidad de la aparición del Ego real inmortal en las sesiones espiritistas como “espíritu materializado”, (lo que negamos, según ya expliqué anteriormente), nuestros adversarios han lanzado esa acusación desatinada.

PREG. Acabáis de hablar del completo aniquilamiento del “psuche” cuando éste se adhiere a anoia. ¿Que entendía Platón y qué entendéis vosotros por esto?

TEÓS. El aniquilamiento completo de la conciencia personal, como caso raro y excepcional, según creo. La regla general y casi invariable es la fusión de la personalidad en la conciencia individual o inmortal del Ego (una transformación o transfiguración divina), y el aniquilamiento completo, tan sólo del cuaternario inferior. ¿Pensaríais acaso en la posibilidad de que el hombre carnal, o la personalidad temporal, su sombra, lo “astral”, sus instintos animales y hasta su vida física, sobreviviesen juntos con el “Ego espiritual” y fuesen eternos? Todo esto naturalmente deja de existir, sea en el momento de la muerte corporal, sea después. Disgregase por completo a su tiempo, y desaparece de la vista, quedando aniquilado en conjunto.

PREG. ¿Entonces también rechazaréis la “resurrección de la carne”?

TEÓS. ¡Absolutamente! ¿Por qué habríamos (nosotros que creemos en la Filosofía arcaica esotérica de los antiguos) de aceptar las especulaciones antifilosóficas de la Teología Cristiana posterior, sacada de los sistemas exotéricos griegos y egipcios de los Gnósticos?

PREG. Los egipcios honraban a los espíritus de la Naturaleza, y deificaban hasta las cebollas; los indos son hasta ahora idólatras; los zoroastrianos adoraban y aún adoran al Sol; y los mejores filósofos griegos eran soñadores o materialistas, como Platón y Demócrito, respectivamente. ¿Cómo os atrevéis a comparar?

TEÓS. Puede ser que conste así en el catecismo cristiano y hasta en el científico moderno, pero no es exacto para los espíritus libres de prejuicios. Los egipcios rendían culto al “Uno–Único–Uno” bajo el nombre de Nout, y fue de esta palabra donde Anaxágoras sacó su denominación Nous, o según la llama, Nonç an to ra thç, “la Mente o Espíritu Potente por sí mismo”; el arch thç kinhnewç, “el motor principal” o
primun mobile de todo. Para él, el Nous era Dios, y el logos el hombre, su emanación. El Nous es el espíritu (ya sea en el Cosmos o el hombre); y el logos, bien sea él Universo o el cuerpo astral, la emanación del primero, siendo el cuerpo físico solamente lo animal.

Nuestros poderes externos perciben los fenómenos, pero únicamente nuestro Nous es capaz de conocer sus nóumenos. Sólo el logos o el nóumeno es el que sobrevive, porque en su misma naturaleza y esencia es inmortal, y el logos es en el hombre el Ego eterno, que se reencarna y vive eternamente. Pero ¿cómo puede la sombra externa que se desvanece, el ropaje temporal de esa emanación divina, que vuelve a la fuente de
donde surgiera, ser “lo formado en la incorruptibilidad”?

PREG. Difícilmente, sin embargo, podéis libraros de la acusación de haber inventado una nueva división de las partes que constituyen al hombre espiritual y psíquico, porque ningún filósofo habla de ellas, si bien creéis que Platón las menciona.

TEÓS. Y lo sostengo. Además de Platón, ahí está Pitágoras, que también pensaba lo mismo20.

Describió el Alma como una unidad (Mónada) que se mueve por sí misma, compuesta de tres elementos: el Nous (Espíritu), el phren (la mente) y el thumos (la vida, el aliento, o el nephesh de los kabalistas); cuyos tres elementos corresponden a nuestro “Atma–Buddhi” (Espíritu–alma más elevado), a manas (el Ego) y a Kâma–Rûpa en conjunción con el reflejo inferior de manas. Lo que los antiguos filósofos griegos llamaban alma en general, lo llamamos espíritu, o alma espiritual, Buddhi, como vehículo, de Âtma (el Agathon o, Deidad Suprema de Platón). El hecho de que Pitágoras y otros consideren que phren y thumos forman parte del hombre y de los animales prueba que en este caso se refieren al reflejo manásico inferior (instinto), y a
kama–rupa (pasiones animales activas). Y como Sócrates y Platón admitieron esto y lo hicieron suyo, si a esos cinco principios, que son: Agathon (Deidad o Âtmâ), psuche (el alma en su sentido colectivo), Nous (el Espíritu o mente), phren (la mente física) y thumos (Kâma–Rûpa o las pasiones), agregamos el eidolon de los misterios (la forma o doble humano) y el cuerpo físico, fácil será demostrar que tanto las ideas de Pitágoras como las de Platón eran idénticas a las nuestras. Enseñaban que, a su partida, el alma (Ego) tenía que pasar a través de sus siete cámaras o principios: los que dejaba tras de sí y los que con ella se llevaba. La única diferencia que hay, teniendo siempre en cuenta el castigo que traía consigo el revelar las doctrinas de los Misterios (lo cual se pagaba con la vida), consiste en que sólo bosquejaban las enseñanzas en sus grandes rasgos, mientras que nosotros les damos forma y las explicamos en sus detalles.
Pero aunque enseñamos al mundo tanto como nos es permitido hacerlo, sin embargo, hasta en nuestra doctrina misma, se reserva más de un punto importante que sólo están autorizados conocer los que estudian la filosofía esotérica y han prometido silencio.
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20“ Platón y Pitágoras –dice Plutarco– dividen el alma en dos partes: la racional (nôetica) y la irracional (agnoia); aquella parte del hombre que es racional, es eterna; porque aunque no sea Dios, es,sin embargo, el producto de una deidad eterna; pero aquella parte del alma que está privada de razón (agnoia), muere.

“ El término moderno agnóstico viene de agnosis, una palabra similar. Nos extraña que Mr. Huxley, el autor de la palabra, haya relacionado su gran inteligencia con “el alma privada de razón que muere.”
¿Es esto humildad exagerada del materialismo moderno?



PREG. ¿Es lo que llamamos espíritu, alma y hombre de carne?

TEÓS. No. Ésa es la antigua división platónica. Platón estaba iniciado, y, por lo tanto, no podía entrar en detalles prohibidos; pero el que conoce la doctrina arcaica encuentra el número siete en las varias combinaciones de Platón respecto al alma y al espíritu. Consideraba al hombre constituido en dos partes: la una eterna, formada de la misma esencia que lo Absoluto; la otra mortal y corruptible, derivando sus partes constitutivas de los dioses menores “creados”. Demuestra al hombre compuesto de:

1º un cuerpo mortal, 
2º un principio inmortal, y 
3º “una especie del alma mortal separada”. 

Es lo que llamamos, respectivamente, el hombre físico, el alma espiritual o espíritu, y el alma animal (el Nous y psuche). Ésta es la división adoptada por San Pablo, también iniciado, que sostiene que existe un cuerpo psíquico (alma o cuerpo astral implantado en el corruptible), y un cuerpo espiritual (formado en la substancia
incorruptible). Hasta el mismo Santiago (III, 15) lo corrobora diciendo que la “sabiduría” (de nuestra alma inferior) no viene de arriba, sino que es terrestre, “psíquica”, “demoníaca” (véase el texto griego); mientras que la otra Sabiduría es celeste. Tan claro es esto, que Platón y el mismo Pitágoras, al hablar sólo de tres
“principios”, les prestan siete funciones separadas en sus diferentes combinaciones; y si comparamos con esto nuestras doctrinas, resultará evidente la concordancia. Hagamos un bosquejo de estos siete aspectos por medio de las dos tablas siguientes: (Para mejor observación presione las imagenes)

      

18En el Buddhismo Esotérico de Mr. Sinnett, d, e y f son llamadas respectivamente el alma animal, la humana y la espiritual, lo cual responde también a la idea. Aunque los principios están numerados en el Buddhismo Esotérico, esto, estrictamente hablando es inútil. Sólo la Mónada dual (Âtma Buddhi) es susceptible de ser considerada como los dos números superiores (el sexto y el séptimo). En cuanto a todos los demás, como sólo aquel “principio” que predomina en cada hombre ha de considerarse como el primero y el principal, ninguna numeración es posible, por regla general. En algunos hombres es la inteligencia superior (manas o el 5º ) la que domina al resto; en otros, es el alma animal (Kâma–Rûpa) quien reina en absoluto manifestando los instintos más bestiales, etcétera.

19 Pablo llama al Nous de Platón “espíritu”; pero, como ese espíritu es “subsistencia”, evidentemente es a Buddhi a quien se refiere y no a Âtman, ya que en ningún caso puede llamarse “substancia” a la última, filosóficamente. Incluimos a Âtma en los “principios humanos” para no crear mayor confusión. En realidad, no es principio humano “alguno”, sino el principio Absoluto universal, del que Buddhi, el Espíritu–alma, es vehículo.
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Ahora bien; ¿qué nos enseña Platón? Habla del hombre interno como hecho de dos partes: la una inmutable y siempre la misma, formada de igual substancia que la Deidad; y la otra, mortal y corruptible. Esas dos partes encuéntrense en nuestra tríada superior y en el cuaternario inferior (véanse las tablas). Explica Platón que cuando el alma, psuche, “se une al Nous (espíritu o substancia divina)19, obra recta y felizmente en todas las cosas”; pero que sucede lo contrario cuando se deja arrebatar por anoia (la locura o alma animal irracional). Tenemos pues, aquí, Manas (o el alma en general) en sus dos aspectos: cuando se adhiere a anoia (nuestro Kâma–Rûpa o “alma animal” en el Buddhismo Esotérico), corre hacia su completo aniquilamiento en lo que concierne al ego personal; pero cuando se une al Nous (Atma–Buddhi), se funde en el Ego inmortal e imperecedero, y entonces la conciencia espiritual de lo que era la personalidad convierte en inmortal.




PREG. Según tengo entendido, describís nuestro planeta como formando parte de una cadena de tierras.

TEÓS. Así es. Pero las otras seis “tierras” o globos no se hallan en el mismo plano de subjetividad de nuestra tierra; por lo tanto, no podemos verlas.

PREG. ¿Es debido esto a la gran distancia que nos separa de ellas?

TEÓS. De ninguna manera, porque vemos a simple vista planetas y hasta estrellas a distancias inconmensurablemente mayores; pero es debido a que esos seis globos se hallan fuera del alcance de nuestros medios físicos de percepción o plano de nuestro ser. No es tan sólo que su densidad material, peso o constitución sean por completo distintos de los de nuestra tierra y de los demás planetas conocidos, sino que se encuentran situados (para nosotros) en una capa del espacio, por decirlo así, enteramente diferente; una capa que no puede ser percibida; o sentida por nuestros sentidos físicos. Y cuando digo “capa” no creáis que se trata de capas materialmente colocadas como fajas una sobre otra, puesto que esto sólo nos llevaría a un nuevo absurdo y a un nuevo error.

Lo que entiendo por “capa” es aquel plano, del espacio infinito que por su misma naturaleza no puede ser percibido por nuestras facultades ordinarias en estado de vigilia, bien sean mentales o físicas, sino que existe en la Naturaleza, fuera de nuestra mentalidad normal o conciencia, fuera de nuestro espacio de tres dimensiones y de nuestra división de tiempo. Cada uno de los siete planos (o capas) fundamentales en el espacio por supuesto, considerados como un todo, como el espacio puro según la definición de Locke, no como nuestro espacio finito tiene su propia objetividad y subjetividad, su propio espacio y tiempo, su conciencia propia y su clase de sentidos. Pero es difícil que todo esto sea comprensible para el hombre educado en la manera de pensar moderna.

PREG. ¿Qué entendéis por clase diferente de sentidos? ¿Existe algo en nuestro plano humano que pudieseis presentar como ejemplo de lo que decís, para darnos una idea más clara acerca de lo que podáis entender por esa variedad de sentidos, espacios y percepciones respectivas?

TEÓS. Nada; exceptuando acaso lo que para la Ciencia sólo serviría de argumento en contra nuestra. ¿No tenemos mientras soñamos una clase diferente de sentidos? Sentimos, hablamos, oímos, vemos, tocamos y obramos en general en un plano diferente, quedando evidenciado el cambio de estado de nuestra conciencia por el hecho de que una serie de actos y acontecimientos que, según nos parece, abrazan varios años, se suceden idealmente por nuestra mente en un momento. Pues bien; esa extrema rapidez de nuestras operaciones mentales durante los sueños, y la naturalidad perfecta mientras tanto de todas las demás funciones, nos demuestran que nos encontramos en un plano completamente distinto. Nos enseña nuestra filosofía que del mismo modo que existen siete fuerzas fundamentales en la Naturaleza y siete planos de existencia, hay también siete estados de conciencia, en los que puede el hombre vivir, pensar, recordar y tener su existencia.

Imposible es enumerarlos en este lugar; para ello es preciso dedicarse al estudio de la Metafísica Oriental. Mas respecto a esos dos estados –la vigilia y los sueños–, todos los mortales, desde el profundo filósofo hasta el salvaje más inculto, tienen buena prueba de que difieren el uno del otro.

PREG. ¿No admitís entonces las doctrinas bien conocidas de la Biología y Fisiología tocante a los sueños?

TEÓS. No. Rechazamos hasta las hipótesis de los psicólogos, prefiriendo atenernos a las doctrinas de la Sabiduría Oriental. Creyendo en siete planos del Ser cósmico y estados de conciencia, respecto al Universo o Macrocosmo, nos detenemos al llegar al cuarto plano, viendo la imposibilidad de pasar más allá con algún grado de seguridad. Pero respecto al Microcosmo u hombre, especulamos libremente acerca de sus siete estados y principios.

PREG. ¿Cómo explicáis éstos?

TEÓS. Encontramos ante todo en el hombre dos seres distintos: el espiritual y el físico; el hombre que piensa y el hombre que recuerda tantos de aquellos pensamientos como puede asimilar. Por consiguiente, consideramos dos naturalezas distintas: el ser superior o espiritual, compuesto de tres “principios” o aspectos, y el Inferior o cuaternario físico, compuesto de cuatro; en total siete.




PREG. ¿Pero quién es el que crea cada vez el Universo?

TEÓS. Nadie lo crea. La ciencia llamaría evolución al proceso; los filósofos precristianos y los orientalistas lo llamaban emanación; nosotros, ocultistas y teósofos, vemos en ello la única realidad universal y eterna, que proyecta un reflejo de sí misma en las profundidades infinitas del Espacio. Ese reflejo que consideráis como el Universo objetivo material, lo miramos nosotros como una ilusión pasajera, y nada más.
Sólo lo que es eterno es real.

PREG. Según esto, ¿usted y yo somos también ilusiones?

TEÓS. Como personalidades pasajeras, siendo hoy una persona y mañana otra, lo somos. ¿Llamaríais “realidad” a los repentinos resplandores de la aurora boreal, a las claridades del Norte, por mas que sean todo lo reales posible mientras las contempláis? Seguramente que no; la causa que las produce, si es permanente y eterna, es la única realidad, mientras que el efecto no es más que una pasajera ilusión.

PREG. Todo esto no me explica cómo toma origen esa ilusión llamada Universo; cómo procede el ser consciente para manifestarse, de la inconsciencia que es.

TEÓS. Sólo es inconsciencia con relación a nuestra conciencia finita. Bien podríamos ahora parafrasear el versículo V del primer capítulo de San Juan, y decir: “Y la absoluta luz (que es la oscuridad para nosotros) resplandeció en las tinieblas (que es la luz material ilusoria); y las tinieblas no la comprendieron”. Aquella luz absoluta es también la ley absoluta e inmutable. Sea por radiación o emanación no disputemos sobre los
términos, el Universo pasa de su subjetividad homogénea al primer plano de manifestación, existiendo, según se nos enseña, siete de estos últimos; se va haciendo más material y denso en cada plano, hasta que alcanza a éste, el nuestro, en el cual el único mundo aproximadamente conocido y comprendido por la Ciencia en su
composición física es el sistema planetario o solar, sistema su géneris, conforme se nos dice.

PREG. ¿Qué entendéis por sui géneris?

TEÓS. Entiendo que, si bien la ley fundamental y las leyes universales activas de la Naturaleza son uniformes, tiene, sin embargo, nuestro sistema solar (así como cada sistema semejante entre los muchos millones de los mismos en el Cosmos), y hasta nuestra Tierra, su programa de manifestaciones propio particular, que difiere de los programas de todos los demás. Hablamos de los habitantes de otros planetas y nos imaginamos que si son hombres, es decir, entidades que piensan, han de ser como nosotros.

Siempre nos representa la imaginación de los poetas, pintores y escultores que hasta los ángeles son copias hermosas del hombre, más las alas. Decimos que todo esto es un error y una ilusión; porque si sólo en esta tierra nos encontramos con una diversidad tan grande en su flora, fauna y humanidad –desde el alga marina hasta el cedro del Líbano, desde el pez jalea hasta el elefante, desde el hombre de los bosques y el negro hasta el Apolo de Belvedere–, alteradas las condiciones cósmicas y planetarias, deben darnos como resultados una flora, fauna y humanidad enteramente diferentes. Forman las mismas leyes un orden de cosas y de seres completamente distintos, hasta en este mismo plano nuestro, incluyendo en él todos nuestros
Planetas. ¡Cuánto más diferente ha de ser la naturaleza externa en otros sistemas solares! ¡Y qué locura la de juzgar las otras estrellas, mundos y seres humanos por lo que somos nosotros, como lo hace la ciencia física!

PREG. ¿Pero qué antecedentes tenéis para formular esta aserción?

TEÓS. Lo que la ciencia en general jamás querrá aceptar como prueba: los testimonios acumulados de una serie interminable de Videntes que lo han atestiguado.

Sus visiones espirituales, sus exploraciones reales a través de los sentidos psíquicos y espirituales, desembarazados de la materia ciega, fueron regularizadas sistemáticamente, comparadas unas con otras, y su naturaleza analizada e investigada.

Todo aquello que no era corroborado por una experiencia unánime y colectiva era desechado; y sólo era aceptado como verdad establecida lo que en varias edades, bajo diferentes climas y después de un sinnúmero de observaciones incesantes, resultaba exacto y era constantemente comprobado. Los métodos empleados por nuestros discípulos y estudiantes de las ciencias psicoespirituales no difieren, como veis, de los que emplean los de las ciencias naturales y físicas. Sólo que se hallan nuestros campos de indagación en dos diferentes planos, y no son construidos nuestros instrumentos por manos humanas, por cuya razón son quizá más de fiar. Las retortas y microscopios del químico y del naturalista pueden descomponerse; el telescopio y los instrumentos horológicos del astrónomo pueden estropearse; pero nuestros instrumentos de análisis escapan a la influencia de los elementos o de la atmósfera.

PREG. ¿Tenéis, por consiguiente, implícita fe en los mismos?

TEÓS. La palabra fe no se encuentra en los Diccionarios Teosóficos: decimos conocimiento, basado en la observación y la experiencia. Existe, sin embargo, la diferencia siguiente: que mientras la observación y experiencia de la ciencia física conduce a los sabios a tantas hipótesis “activas” como cerebros hay para formarlas, nuestro conocimiento nos permite sumar a su sabiduría sólo aquellos hechos que resultan innegables y absolutamente demostrados. No tenemos acerca de un mismo punto dos creencias o hipótesis distintas.

PREG. ¿Y con semejantes datos habéis aceptado las teorías extrañas que encontramos en el “Buddhismo Esotérico?”

TEÓS. Precisamente. Pueden esas teorías ser algo incorrectas en sus menores
detalles, y hasta erróneas en su exposición, hecha por estudiantes del círculo externo;
mas, sin embargo, son hechos en la naturaleza, y se aproximan más a la verdad que
ninguna hipótesis científica.