PREG. ¿Cómo consideran los teósofos el deber cristiano de la caridad?

TEÓS. ¿A qué caridad os referís; a la caridad mental o a la caridad práctica en el plano físico?

PREG. A la caridad práctica, pues vuestra idea sobre la fraternidad universal incluye, por supuesto,la caridad mental.

TEÓS. ¿Os referís a la aplicación práctica de los mandamientos de Jesús en el Sermón de la Montaña?

PREG. Precisamente.

TEÓS. Entonces, ¿por qué llamarlos “cristianos”? Aunque vuestro Salvador los predicó y practicó, lo último en que piensan los cristianos de hoy día es en ponerlos en práctica durante su vida.

PREG. ¡Sin embargo, muchos son los que se pasan la vida practicando la caridad!

TEÓS. Sí, con las sobras de sus grandes fortunas. Pero enseñadme un cristiano, entre los más filántropos, que esté decidido a socorrer al ladrón hambriento que le robe su abrigo; o a presentar su mejilla derecha al que le abofeteara la izquierda, sin conservar jamás resentimiento por ello.

PREG. Debéis tener presente que no deben tomarse estos preceptos al pie de la letra. Desde la época del Cristo, han cambiado los tiempos y las circunstancias. Además, habló en parábolas.

TEÓS. En este caso, ¿por qué no dicen las Iglesias que la doctrina de la condenación y del fuego del infierno debe entenderse también como parábolas? ¿Por qué insisten algunos de los predicadores más populares y afamados en el sentido literal de los fuegos del Infierno y de los tormentos físicos de un alma “asbestina”, y permiten virtualmente que se interpreten esas “parábolas” en el sentido que se hace? Si
“parábola” es lo uno, también lo es lo otro. Si el fuego infernal es una verdad literal, entonces los mandamientos de Cristo en el Sermón de la Montaña deben obedecerse al pie de la letra. Y os digo que muchos que, como el Conde León Tolstoi, no creen en la divinidad del Cristo, cosa que también sucede a más de un teósofo, aplican literalmente esos nobles y universales preceptos.
Muchas personas buenas lo harían si no estuviesen convencidas de que semejante proceder en la vida les había de conducir a un manicomio, ¡efecto de lo cristianas que son nuestras leyes!

PREG. Todo el mundo sabe, sin embargo, que se gastan anualmente muchos millones en la caridad privada y pública.

TEÓS. ¡Oh, sí! La mitad se queda entre las manos por que pasa, antes de llegar a las del pobre; y una buena parte del resto en poder, de los mendigos de oficio, demasiado holgazanes para trabajar, no favoreciendo así de ningún modo a los que realmente sufren o están en la miseria. ¿No sabéis que el primer resultado del gran desbordamiento de caridad en beneficio del East–End de Londres fue producir en Whitechapel un alza de 20 por ciento en los alquileres?

PREG. ¿Qué haríais vosotros?

TEÓS. No obrar colectiva y sí individualmente; seguir el precepto de la escuela Buddhista del Norte. “Jamás pongas alimento en la boca del hambriento sirviéndote de mano ajena.” “Nunca permitas que se interponga entre ti y el objeto de tu generosidad la sombra de tu vecino (la de una tercera persona).” “Nunca des tiempo al Sol para secar una lágrima, antes de haberla tú enjuagado.” “No des jamás por medio de tus criados dinero al pobre, o alimento al sacerdote que pide a tu puerta; no fuera tu dinero a aminorar el agradecimiento y a convertirse en hiel tu aliento”. 

PREG. ¿Cómo puede aplicarse esto prácticamente?

TEÓS. Las ideas teosóficas acerca de la caridad significan esfuerzo personal para los demás; compasión y bondad personales; interés personal en el bienestar y prosperidad de los que sufren; previsión y ayuda personales en sus penas y necesidades. Nosotros, teósofos, no creemos en la eficacia del sistema de dar dinero por conducto ajeno; creemos aumentar cien veces el poder del dinero y su eficacia por nuestro contacto y simpatía personales con los que lo necesitan. Creemos en el alivio del alma tanto, si no más, que en el del estómago, porque el agradecimiento hace un bien mayor al hombre que lo siente que al que lo ha hecho sentir. ¿Dónde está el agradecimiento que vuestros millones de libras esterlinas debieran haber despertado, o los buenos sentimientos provocados por ellos? ¿Acaso en el odio que siente el pobre de East–End hacia el rico? ¿En el aumento del partido de la anarquía y del desorden, o en esos centenares de infelices muchachas obreras, víctimas del sistema “del sudor”, obligadas diariamente a andar por las calles para ganarse la subsistencia?
¿Acaso quedan agradecidos a las fábricas en que les dan trabajo las ancianas y ancianos desamparados, o los pobres por las viviendas malsanas en que les consienten engendrar nuevas generaciones de seres enfermizos, escrofulosos y raquíticos, con el único objeto de llenar los bolsillos de los Shylocks insaciables que poseen casas? Como consecuencia, cada moneda de estos “millones” entregada por gente buena y que quisiera ser caritativa, cae como una desgracia en vez de una bendición sobre el pobre a quien debiera aliviar.
A esto llamamos crear Karma nacional, y terribles serán sus resultados el día que haya que rendir cuentas.




PREG. ¿Es la justicia igual para todos y el amor hacia todos los seres el objeto más elevado de la Teosofía?

TEÓS. No; existe otro aún mucho más alto.

PREG. ¿Cuál puede ser?

TEÓS. El dar a los otros más que a uno mismo; el propio sacrificio. Esto es lo que ha distinguido tan preeminentemente a los Maestros más grandes de la Humanidad, tales como Gotama Buddha en la Historia, y Jesús de Nazaret en los Evangelios. Ha bastado ese solo rasgo para conservarles el respeto y el agradecimiento perpetuos de las generaciones que después de ellos se han sucedido. Decimos, sin embargo, que el propio sacrificio debe practicarse con discernimiento; y que si semejante abandono de uno mismo se lleva a cabo sin tener en cuenta la justicia, ciegamente, sin considerar los resultados, puede a menudo ser no sólo vano el esfuerzo, sino perjudicial. Una de las reglas fundamentales de la Teosofía es la justicia consigo mismo, considerándonos como una unidad de la humanidad colectiva, y no como un yo personal:
considerándonos no más que los demás, pero tampoco menos, excepto cuando, gracias al sacrificio propio, podemos beneficiar a los muchos.

PREG. ¿Podéis aclarar algo más vuestra idea por medio de un ejemplo?

TEÓS. Muchos ejemplos existen en la historia. La Teosofía considera el propio sacrificio por el bien práctico de los muchos como muy superior a la abnegación por una idea sectaria, como por ejemplo la de “salvar a los paganos de la condenación”. En nuestra opinión, el Padre Damián (aquel joven de 30 años que sacrificó su vida entera para aliviar los sufrimientos de los leprosos de Molokai, y se fue a vivir durante
dieciocho años solo con ellos, siendo al fin atacado por tan terrible enfermedad, de la cual murió), no ha muerto en vano. Él alivió, y proporcionó una relativa felicidad a miles de pobres desgraciados. Les llevó el consuelo mental y físico. Derramó un rayo de luz en la noche oscura y terrible de una existencia cuya amargura no encuentra otra comparable en los anales del sufrimiento humano.

Era un verdadero teósofo, y su memoria vivirá eternamente en nosotros. Consideramos a ese pobre sacerdote belga inconmensurablemente más elevado que, por ejemplo, aquellos sinceros pero insensatos y vanos misioneros que han sacrificado su vida en las islas de los mares del Sur o en China. ¿Qué bien han hecho? En las primeras, trataron con seres que no eran aún aptos para recibir verdad alguna; y en cuanto a la segunda, se trata de una nación cuyos sistemas de filosofía religiosa son tan elevados como cualesquiera otros, si quisieran los que los poseen seguir el modelo de Confucio y demás sabios de su raza. Murieron víctimas de caníbales y de salvajes irresponsables, o del fanatismo y del odio populares; mientras que si hubiesen ido a los tugurios de Whitechapel, u otra localidad de aquellas que se estancan y pudren, bajo el sol brillante de nuestra civilización, llenas de salvajes cristianos y de lepra mental, hubieran podido hacer verdadero bien y haber conservado la vida para una causa mejor y más digna.

PREG. Pero ¿no piensan los cristianos lo mismo?

TEÓS. Es claro que no, porque obran partiendo de una creencia errónea. Piensan que bautizando el cuerpo de un salvaje irresponsable salvan su alma de la condenación. Por una parte, la Iglesia olvida a sus mártires, y por otra beatifica y levanta estatuas a hombres como Labro, que sacrificó su cuerpo durante cuarenta años sólo en beneficio de los inmundos insectos que en él se alimentaban.
Si dispusiésemos de los medios necesarios para ello, levantaríamos una estatua al Padre Damián, santo verdadero y práctico, y perpetuaríamos su memoria para siempre, como ejemplo viviente de heroísmo teosófico y de compasión y propio sacrificio, Buddhista y cristiano.

PREG. ¿Consideráis, por tanto, el propio sacrificio como un deber?

TEÓS. Sí; y lo explicamos, mostrando que el altruismo es una parte integrante del propio desarrollo. Pero hemos de distinguir. Ningún hombre tiene derecho a dejarse morir de hambre para que pueda otro alimentarse, a no ser que la vida de este último sea, de un modo evidente, más útil a los muchos que la suya propia. Pero es deber suyo sacrificar su propio bienestar y trabajar por los demás si éstos son incapaces de
trabajar por sí mismos. Deber suyo es dar todo lo que le pertenece, por completo, si a nadie aprovecha más que a él mismo, caso que lo guarde egoístamente. La Teosofía enseña la propia abnegación, pero no el propio sacrificio impulsivo e inútil, ni justifica el fanatismo.

PREG. ¿Cómo podremos alcanzar un estado tan elevado?

TEÓS. Llevando a la práctica con discernimiento nuestros preceptos. Por el uso de nuestra razón más elevada, de la intuición espiritual, del sentido moral, y obedeciendo al dictamen de lo que llamamos “la tranquila y suave voz” de nuestra conciencia, que es la de nuestro Ego, y habla más alto en nosotros que los terremotos y los truenos de Jehová, en que “no está el Señor”.

PREG. Si tales son nuestros deberes hacia la humanidad en general, ¿qué entendéis por nuestros deberes respecto a los que nos rodean?

TEÓS. Exactamente los mismos, con más los que nacen de las obligaciones especiales de los lazos de familia.

PREG. ¿No es cierto entonces, como se dice, que apenas ha entrado alguno en la Sociedad Teosófica, se ve separado gradualmente su mujer, de sus hijos y de los deberes de familia?

TEÓS. Es una calumnia sin fundamento alguno, como tantas otras. El primero de los deberes teosóficos es el de cumplir el propio deber hacia todos los hombres y principalmente hacia aquellas personas con quienes tenemos obligaciones especiales, bien por haberlas asumido voluntariamente, como son los lazos del matrimonio, o porque el destino nos ha ligado a ellas, como las que debemos a nuestros padres o parientes.

PREG. ¿ Y cuál puede ser el deber del teósofo hacia sí mismo?

TEÓS. Reprimir y vencer al yo inferior, por medio del Superior. Purificarse interna y moralmente; no temer a nadie ni a nada, fuera del tribunal de su propia conciencia. No hacer jamás una cosa a medias; es decir, si cree hacer una cosa buena, debe hacerla abierta y francamente; y si es mala, apartarse de ella por completo. Un teósofo tiene el deber de aligerar su carga, pensando en el sabio aforismo de Epicteto que dice: “No te
dejes apartar, de tu deber por cualquier reflexión vana que de ti pueda hacer el mundo necio, porque en tu poder no están sus censuras, y, por consiguiente, no deben importarte nada”.

PREG. Suponiendo que un miembro de vuestra Sociedad manifestase su incapacidad para practicar el altruismo con otras personas, fundándose en que “la caridad empieza por uno mismo”, y alegando que está demasiado ocupado, o que es demasiado pobre para favorecer a la humanidad, o siquiera a algunos de sus elementos, ¿cuáles son vuestras reglas en caso semejante?

TEÓS. Ningún hombre tiene el derecho de decir que nada puede hacer por los demás, bajo cualquier pretexto que sea. “Cumpliendo su deber en la ocasión conveniente, puede el hombre convertirse en acreedor del mundo”, dice un escritor inglés. Un vaso de agua ofrecido a tiempo al viajero sediento realiza un deber más noble y más digno que una docena de comidas dadas sin oportunidad a gentes que pueden pagarlas. Un hombre que no sienta esto, jamás será teósofo; pero podrá, sin embargo, seguir siendo
miembro de nuestra Sociedad. Carecemos de reglas para obligar a ningún hombre a convertirse en teósofo práctico, si no desea serlo.

PREG. ¿Para qué entran entonces en la Sociedad?

TEÓS. El que lo hace lo sabrá. Tampoco en esto tenemos derecho para formar juicios anticipados sobre una persona, aun cuando toda una comunidad se manifestase en su contra, y os diré por qué. En nuestros tiempos, la vox populi (al menos en lo que se refiere a la de las clases ilustradas) ya no es la vox dei, sino siempre la de la preocupación, la de los motivos egoístas, y a menudo también la de la impopularidad.
Nuestro deber es sembrar semilla abundante para el futuro, y tratar de que sea buena; no detenernos en averiguar por qué hemos de hacerlo así, ni cómo y para qué vamos a perder nuestro tiempo, puesto que los que han de recoger más adelante la cosecha no seremos nosotros.



PREG. ¿No es, pues, la Sociedad Teosófica una organización política?

TEÓS. Seguramente que no. Es internacional en el más elevado sentido, puesto que comprende, entre sus miembros, hombres y mujeres de todas las razas, creencias y opiniones, que trabajan unidos por el mismo objeto: el progreso de la humanidad; pero como Sociedad no toma parte en ninguna política nacional o de partido, sea cual fuese.

PREG. ¿Por qué?

TEÓS. Precisamente por las razones que acabo de dar. La acción política, además, debe variar necesariamente con las circunstancias y con la idiosincrasia de los individuos; y si bien, por la naturaleza misma de su posición como teósofos, los miembros de la Sociedad Teosófica concuerdan en los principios de la Teosofía, porque de lo contrario no formarían parte de la Sociedad, no se deduce de esto que opinen del mismo modo sobre los demás asuntos. Como Sociedad, sólo pueden obrar juntos en materias que son comunes a todos, esto es, en lo que se refiere a la Teosofía; como individuos, cada cual es perfectamente dueño de seguir su línea particular de acción y opinión política, siempre que no esté en oposición con los principios teosóficos o perjudique a la Sociedad Teosófica.

PREG. Pero ¿no se desentenderá, claro está, la Sociedad Teosófica de las cuestiones sociales que con tanta fuerza se vienen imponiendo?

TEÓS. Los principios mismos de la Sociedad Teosófica son una prueba de que ésta, o mejor dicho, muchos de sus miembros, no se desentienden de aquéllas. Si sólo vigorizando ante todo las leyes fisiológicas más legítimas y científicas es posible el desarrollo mental y espiritual de la humanidad. deber de todos los que luchan por ese progreso es hacer todo cuanto puedan para que aquellas leyes se apliquen de una manera general. Bien saben todos los teósofos que, por desgracia, especialmente en los países occidentales, el estado social de las masas hace imposible educar como es debido su cuerpo y su espíritu, lo que es causa de que el desarrollo de ambos esté paralizado. Como esa educación y desarrollo es uno de los objetos expresos de la Teosofía, la Sociedad Teosófica simpatiza y concuerda enteramente con todo
verdadero esfuerzo en este sentido.

PREG. ¿Pero qué entendéis por “verdaderos esfuerzos”? Todo reformador social posee su panacea especial, y cada uno cree que sólo la suya puede mejorar y salvar la humanidad.

TEÓS. Eso es perfectamente exacto, y éste es el verdadero motivo que hace sea tan poco satisfactoria la obra social llevada a cabo. No existe realmente en la mayor parte de esas panaceas ningún principio que sirva de guía y, con seguridad, ni uno solo que las una a todas entre sí. De este modo se está perdiendo un tiempo y una energía preciosos; porque los hombres, en vez de ayudarse luchan unos contra otros, muchas
veces quizá para alcanzar fama y recompensa, más que por la gran causa de que se declaran defensores sinceros, y que debiera ser suprema en su vida.

PREG. ¿Cómo deben aplicarse los principios teosóficos a fin de que la cooperación social pueda fomentarse, y aplicarse los verdaderos esfuerzos al mejoramiento de la Sociedad?

TEÓS. Permitidme que os recuerde cuáles son esos principios: Unidad y Causalidad universales, Solidaridad Humana, Ley de Karma, Reencarnación. Éstos son los cuatro eslabones de la cadena dorada que debiera unir a la humanidad, formando así una sola familia, una Fraternidad universal.

PREG. ¿Cómo?

TEÓS. En el estado presente de la sociedad, particularmente en los países llamados civilizados, tropezamos continuamente con grandes masas que sufren por efecto de la miseria, de la pobreza y de las enfermedades. Sus condiciones físicas son miserables, y sus facultades mentales y espirituales, a menudo inactivas. Por otra parte, muchas personas que ocupan el extremo opuesto de la escala social viven indiferentes, entregadas al lujo material y a la complacencia egoísta. Ninguna de esas formas de existencia es hija de la pura casualidad. Ambas son efecto de las condiciones que rodean a los que están sujetos a ellas; y el abandono del deber social, por un lado, está en relación muy íntima con el interrumpido progreso, por el otro. En Sociología, como en todos los ramos de la verdadera ciencia, la ley de causalidad universal es exacta.

Pero esa causalidad implica necesariamente, como resultado lógico, la solidaridad humana, en la que tanto insiste la Teosofía. Si la acción de una persona se deja sentir en la vida de todos los demás, y ésta es la verdadera idea científica, entonces sólo convirtiéndose los hombres en hermanos, y practicando todos diariamente la verdadera hermandad, es como podrá alcanzarse la real solidaridad humana, en que radica la perfección de la raza. Esta acción mutua, esta verdadera hermandad, en la que cada uno debe vivir para todos y todos para uno, es uno de los principios teosóficos fundamentales, que todo teósofo debiera obligarse, no sólo a enseñar, sino a aplicar prácticamente en su vida.

PREG. Todo esto, como principio general, me parece muy bien; pero ¿cómo podrá aplicarse de un modo concreto?

TEÓS. Observad, por un momento, lo que llamaríais los hechos concretos de la sociedad humana. Comparad, no sólo la vida de la masa del pueblo, sino la de muchos de las llamadas clase media y superior, y pensad lo que pudiera ser bajo condiciones más sanas y nobles, en que dominasen por completo la justicia, la benevolencia y el amor, en vez del egoísmo, la indiferencia y la brutalidad que ahora, con harta frecuencia, parecen reinar en absoluto. Todas las cosas buenas y malas de la humanidad tienen su origen en el carácter humano, y este carácter es y ha sido condicionado por la interminable cadena de la causa y el efecto. Pero esto se aplica tanto al futuro como al presente y al pasado. El egoísmo, la indiferencia y la brutalidad no pueden ser nunca el estado normal de la raza humana; creerlo así sería desesperar de la humanidad, y esto no puede hacerlo ningún teósofo. El progreso puede alcanzarse, pero sólo es posible por medio del desarrollo de las cualidades más nobles. Ahora bien; la verdadera evolución nos enseña que alterando el medio ambiente del organismo podernos alterar y mejorar éste; y en el sentido más estricto, esto es cierto con respecto al hombre.
Todo teósofo por consiguiente, está obligado a hacer cuanto le sea posible para contribuir a todo esfuerzo social razonable que tenga por objeto el mejoramiento de las condiciones de los pobres. Estos esfuerzos deben tener como fin la emancipación social de aquellos; o el desarrollo del sentimiento del deber, en los que ahora lo olvidan con tanta frecuencia en casi todos los actos de la vida.

PREG. Concedido. Mas, ¿quién decidirá de la bondad de esos esfuerzos sociales?

TEÓS. Ninguna persona y ninguna sociedad pueden sentar regla absoluta alguna respecto a este punto. El juicio individual tendrá necesariamente que decidir, en muchos casos. Sin embargo, puede apelarse a una piedra de toque, y es que la acción propuesta tienda a promover aquella verdadera hermandad, que es el objeto de la Teosofía. Seguramente que ningún teósofo sincero tendrá gran dificultad en aplicarla; y una vez satisfecho del resultado, su deber consistirá en encauzar en ese sentido la opinión pública. Esto solamente puede lograrse inculcando aquellos elevados y nobles conceptos de los deberes públicos y privados que forman la base de todo progreso espiritual y material. Sean cuales fueren las circunstancias, el teósofo debe ser un centro de acción espiritual, y de él y de su vida diaria deben emanar fuerzas espirituales elevadas, únicas que pueden regenerar a sus semejantes.

PREG. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿No están, tanto él como todos los demás, condicionados por su Karma, según enseñáis, y no debe necesariamente obrar Karma dentro de ciertos límites?

TEÓS. Esa ley misma del Karma es la que presta fuerza a todo cuanto acabo de decir. El individuo no puede separarse de la raza, ni la raza del individuo. La ley de Karma se aplica a todos por igual, aunque no todos están igualmente desarrollados. Ayudando al desarrollo de los demás, cree el teósofo que no sólo los ayuda a cumplir su karma, sino que también él, en el sentido más estricto, está cumpliendo el suyo. El desarrollo de la humanidad, de la que todos somos parte integrante, es lo que siempre se propone; y sabe que cualquier falta de su parte en responder a lo más elevado de su ser no sólo lo retrasa a él en su marcha progresiva, sino a todos los demás. Puede hacer con sus acciones que sea más difícil o más fácil para la humanidad alcanzar el próximo plano más elevado del ser.

PREG. ¿Cómo se relaciona esto con el cuarto principio de que habéis hablado, o sea con la Reencarnación?

TEÓS. La relación es muy íntima. Si nuestra vida presente depende del desarrollo de ciertos principios, que son producto de los gérmenes que una existencia anterior nos dejó, la ley es exacta en cuanto al futuro. Una vez bien comprendida la idea de que la causalidad universal no es puramente presente, sino pasada, presente y futura, y que cada acción halla en nuestro plano el lugar que naturalmente le corresponde, se verá su verdadera relación con nosotros y con los demás. Cada acción mezquina y egoísta nos impulsa hacía atrás y no hacia adelante, y todo pensamiento noble y todo acto generoso son escalones que conducen a los planos más elevados y gloriosos del ser. Si esta vida lo fuese todo, entonces, por muchos conceptos, sería bien pobre y despreciable, mas, considerada como una preparación para la esfera inmediata de existencia, puede servir de puerta dorada por la que podemos entrar no solos y egoístamente, sino en compañía de nuestros semejantes, en los palacios del más allá.



PREG. ¿Qué necesidad hay de renacimientos sucesivos, puesto que en ninguno, se consigue alcanzar la paz permanente?

TEÓS. La meta final sólo puede lograrse por las experiencias de la vida, y la masa de esas experiencias está formada por el dolor y el sufrimiento. Sólo gracias a estos últimos podemos aprender. Los goces y los placeres nada pueden enseñarnos; son pasajeros, y a la larga sólo producen la saciedad. Además, nuestra constante imposibilidad de hallar satisfacción permanente en la vida, capaz de llenar las necesidades de nuestra naturaleza más elevada, nos demuestra claramente que sólo pueden ser aquéllas satisfechas en su propio plano, es decir, el espiritual.

PREG. ¿Es un resultado natural de esto el deseo de abandonar la vida de un modo u otro?

TEÓS. Si por ese deseo entendéis “el suicidio”, os contesto terminantemente que no. Jamás puede semejante resultado ser “natural”, y es siempre debido a una enfermedad morbosa del cerebro o a opiniones materialistas arraigadas. Es el peor de todos los crímenes, y terrible en sus resultados. Pero si por deseo os referís simplemente a la aspiración de alcanzar la existencia espiritual, no al deseo de abandonar la Tierra, en tal caso la consideraría, seguramente, como muy natural. De otro modo, la muerte voluntaria sería la deserción de nuestro puesto actual y el abandono de los deberes que nos incumben, así como el intento de eludir las responsabilidades kármicas; todo lo cual implica la creación de nuevo Karma.

PREG. Si las acciones en el plano material no satisfacen, ¿por qué los deberes, que son esas acciones mismas, han de ser tan imperiosos?

TEÓS. Ante todo, porque nuestra filosofía nos enseña que el objeto de cumplir con nuestros deberes respecto a todos los hombres, y en último término respecto a nosotros mismos, no es la adquisición de la felicidad personal, sino la de los demás; el cumplimiento del bien por el bien mismo, no por lo que pueda reportarnos. La felicidad, o mejor dicho, la satisfacción, puede ciertamente resultar del cumplimiento
del deber, mas no es ni tiene que ser el motivo para ello.

PREG. ¿Qué entendéis precisamente por “deber” en Teosofía? No pueden ser los deberes cristianos predicados por Jesús y sus Apóstoles, puesto que no reconocéis a ninguno de éstos.

TEÓS. Os equivocáis nuevamente. Lo que llamáis “deberes cristianos” fueron inculcados por todos los grandes Reformadores morales y religiosos siglos antes de la Era Cristiana. No sólo se trataba antiguamente de todo lo que era grande, generoso y heroico, siendo objeto, como hoy día, de predicaciones desde el púlpito, sino que se practicaba a veces por naciones enteras. La historia Buddhista está llena de los actos
más nobles y más heroicamente generosos. “Sed todos una sola voluntad; compadeceos el uno del otro; quereos como hermanos, sed misericordiosos, afables; no devolváis mal por mal, o injuria por injuria, sino al contrario, sed bondadosos.” Observaban prácticamente estos preceptos los discípulos de Buddha, algunos siglos antes de Pedro. Es grande, sin duda, la Ética del Cristianismo; pero también es innegable que no es nueva, y que nació del mismo modo que los deberes “paganos”.

PREG. ¿Y cómo definís estos deberes, o ese “deber”, en general, según lo entendéis?

TEÓS. El deber es aquello que se debe a la Humanidad, a nuestros semejantes, a nuestros vecinos, a nuestra familia, y especialmente lo que debemos a todos aquellos que son más pobres y desamparados que nosotros. Ésta es una deuda que, no satisfecha durante la vida, nos hace espiritualmente insolventes, y crea un estado de quiebra moral en nuestra encarnación próxima. La Teosofía es la quintaesencia del deber.

PREG. También lo es el Cristianismo cuando es bien entendido y aplicado.

TEÓS. No cabe duda; pero si no fuese en la práctica una religión de los labios, poco tendría que hacer la Teosofía, entre cristianos. Desgraciadamente, sólo es una ética de labios afuera. Los que practican su deber hacia todos, y sólo por el deber mismo, son pocos; y aun son menos los que cumplen este deber, pues en su gran mayoría se contentan con la satisfacción de su propia conciencia. “ La voz pública de la alabanza que honra a la virtud y la recompensa” Es lo que domina siempre en el pensamiento de los filántropos “de fama universal”. Hermosa para leída y discutida es la ética moderna; pero ¿qué son las palabras si no se convierten en actos? Finalmente: si me preguntáis de qué modo comprendemos el deber teosófico puesto en práctica y con relación a Karma, puedo contestaros que nuestro deber es beber, sin una queja, hasta la última gota de cualquier contenido que el destino nos ofrezca en la copa de la vida; coger las rosas de la vida tan sólo por el perfume que puedan exhalar para los demás, y contentarnos únicamente nosotros con las espinas, si no podemos gozar de aquel perfume sin privar a otro de él.

PREG. Todo esto es muy vago. ¿Qué más hacéis que no hagan los cristianos?

TEÓS. No se trata de lo que nosotros, miembros de la Sociedad Teosófica, hacemos –aunque algunos de nosotros hacen cuanto pueden–; de lo que se trata es de si la Teosofía nos lleva o no más lejos en el camino del bien, que el Cristianismo moderno. ¡La acción esforzada y leal es lo que digo, no la simple intención y las palabras! Un hombre puede ser lo que se le antoje, el más mundano, egoísta y duro de todos los hombres, y hasta el bribón más grande, y esto no le impedirá llamarse cristiano, ni tampoco a otro considerarle como tal. Pero ningún teósofo tiene derecho a este nombre si no está perfectamente imbuido de la exactitud del axioma de Carlyle: “El objeto del hombre es un acto y no un pensamiento, aunque fuese éste el más noble”, y como no amolde su vida diaria a ésta verdad. El reconocimiento de una verdad no llega a ser la aplicación de la misma; y cuanto mayor y más hermosa parezca, cuanto más se hable de la virtud o del deber, en vez de practicarlos, tanto más habrán de parecerse al fruto del Mar Muerto. 
La afectación es el más odioso de los vicios; y ella es el distintivo más característico de la nación protestante más grande de este siglo, o sea Inglaterra.

PREG. ¿Qué cosas son las que consideráis que se deben a la humanidad en general?

TEÓS. El completo reconocimiento de derechos y privilegios iguales para todos, sin distinción de raza, color, posición social o nacimiento.

PREG. ¿Cuándo consideráis que no se conceden esos derechos?

TEÓS. Cuando haya la más pequeña violación del derecho ajeno, sea el de un hombre o el de una nación; cuando no demostramos la misma justicia, benevolencia, consideración o compasión que para nosotros mismos deseamos. Todo el sistema político actual está basado en el olvido de tales derechos y en la afirmación rotunda del egoísmo nacional. Dicen los franceses: “Tal amo, tal criado”, y debieran añadir: “Tal política nacional, tales ciudadanos”.

PREG. ¿Os ocupáis de política?

TEÓS. Como Sociedad, huimos de ella por los motivos que os expondré seguidamente: intentar reformas políticas antes de haber llevado a cabo una reforma en la naturaleza humana es lo mismo que echar vino nuevo en odres viejos. Conseguid que en el fondo de su corazón sientan y reconozcan los hombres su real y verdadero deber hacia todos sus semejantes, y todo antiguo abuso del poder, toda ley inicua de la política nacional, fundada en el egoísmo humano, social o político, desaparecerán naturalmente. Loco es el jardinero que, deseando extirpar las plantas venenosas de su plantel de flores, las corta en vez de arrancarlas de raíz. Ninguna reforma política duradera podrá lograrse jamás con los mismos hombres egoístas al frente de los asuntos.



TEÓS. A la Doctrina de la “expiación por procuración”; me refiero a ese dogma peligroso en que creéis, y que nos enseña que por enormes que sean nuestros crímenes contra las leyes de Dios y del hombre, nos basta creer en el sacrificio de Jesús por la salvación de la humanidad para que su sangre nos deje libres de toda mancha. Hace veinte años que combato esta doctrina, y llamaré ahora vuestra atención sobre un párrafo de Isis sin Velo, escrito en 1875. He aquí lo que enseña el Cristianismo y lo que combatimos:

“La compasión de Dios es ilimitada e insondable. Es imposible concebir un pecado humano tan enorme, que no pueda borrarlo el precio pagado de antemano por la redención del pecador, aunque fuese mil veces mayor. Además, nunca es demasiado tarde para arrepentirse. Aunque el pecador espere hasta el último minuto de la última hora del último día de su vida mortal para que sus labios fríos pronuncien la confesión de fe, puede entrar en el Paraíso; así lo hizo el ladrón moribundo, y todos los demás, tan perversos como él, pueden hacerlo. Tales son las presunciones de la Iglesia y del clero; presunciones sostenidas ante vuestros compatriotas por los predicadores favoritos de Inglaterra, en plena “luz del siglo XIX “, el más paradójico de todos.” Ahora bien; ¿adónde conduce esto?

PREG. ¿No hace del cristiano un hombre más feliz que el Buddhista o el brahmán?

TEÓS. No; al menos tratándose de un hombre ilustrado, puesto que la mayoría de éstos han perdido virtualmente, hace ya mucho tiempo, toda creencia en ese dogma cruel. Pero conduce más fácilmente al borde de todo crimen concebible a aquellos que aún creen en él, que cualquier otro de los que conozco. Permitidme que una vez más me refiera a la obra “Isis sin Velo” (Vol. II):

“Si nos colocamos fuera del reducido círculo de las creencias y consideramos al Universo como un todo gobernado por el exquisito ajuste de las partes, ¡cómo se rebelan contra la doctrina de la expiación por valimiento ajeno, toda sana lógica y el sentimiento más elemental de justicia! Si sólo pecase el criminal contra sí mismo, y sólo a sí mismo se perjudicase; si pudiese con el arrepentimiento sincero borrar los hechos pasados, no sólo de la memoria del hombre, sino también de ese registro imperecedero que ninguna deidad –ni la más Suprema de las Supremas siquiera– puede destruir, en ese caso podría no ser inconcebible este dogma. ¡Pero sostener que puede uno perjudicar a su semejante, matar, turbar el equilibrio de la sociedad y el orden natural de las cosas, y luego, por cobardía o esperanza, por fuerza, o por lo que fuese, hallar el perdón, sólo por creer que el derramamiento de una sangre lava otra sangre vertida, es un absurdo! ¿Pueden borrarse los resultados de un crimen, aun cuando éste fuese perdonado? Jamás se circunscriben los
efectos de una causa a los límites de la misma, ni pueden los resultados del crimen reducirse al ofensor y a su víctima.

Cada acción buena o mala trae sus efectos, tan palpables como el de una piedra arrojada en el agua tranquila. El ejemplo es vulgar, pero es el mejor, y debemos emplearlo. Los círculos ondulatorios son más sólidos o más rápidos según sea mayor o menor el objeto que viene a perturbarla; pero la piedrecita más pequeña, el objeto más insignificante, produce sus ondas correspondientes.
Y no sólo es esa perturbación visible en la superficie; debajo, de modo invisible, y en toda dirección –hacia arriba y hacia abajo–, la gota empuja a la gota, hasta que las orillas y el fondo sienten la fuerza puesta en acción. Aun más: el aire que está encima del agua es agitado, y como nos dicen los físicos, esa perturbación pasa de capa en capa indefinidamente, en el espacio; ¡un impulso ha sido dado a la materia. y éste jamás se pierde, jamás puede anularse… “Tal sucede con respecto tanto al crimen como a la virtud. Puede la acción ser instantánea; los efectos son eternos. Cuando, después de haber caído la piedra en el estanque, podamos recogerla con la mano, rechazar las ondas, anular la fuerza dada, restablecer las ondulaciones etéreas en su estado previo y borrar todo rastro producido por el hecho de haber tirado el objeto, de modo que no conste en los anales del tiempo el haber tenido lugar jamás aquel acto, entonces podremos oír pacientemente a los cristianos defender la eficacia de esta clase de expiación y dejar de creer en la ley kármica. Pero por ahora nos sometemos al juicio del mundo entero para que decida cuál de las dos doctrinas aprecia mejor la justicia divina, cuál es más razonable, hasta desde el punto de vista de la evidencia y lógica humanas.”

PREG. Sin embargo, existen millones de seres que creen en el dogma cristiano, y son felices.

TEÓS. Es efecto de un sentimentalismo que se sobrepone a sus facultades racionales, y que ningún filántropo o altruista verdadero aceptará jamás. No es siquiera un sueño de egoísmo, sino una pesadilla de la inteligencia humana. Ved a donde conduce, y citadme el nombre de un país pagano donde se cometan crímenes más fácilmente o en mayor número que en las naciones cristianas. Repasad la lista tan larga y espantosa de crímenes cometidos en países europeos, y observad la protestante y bíblica América. Allí son más numerosas las conversiones llevadas a cabo en las cárceles, qué las conseguidas por los actos y predicaciones públicas.

“Ved en qué estado se halla la gran balanza de la justicia cristiana (!): asesinos llenos de sangre, impulsados por los demonios de la lujuria, de la venganza, de la envidia, del fanatismo; o por el simple deseo brutal de verter sangre, que matan a sus víctimas, muchísimas veces, sin darles tiempo para arrepentirse o invocar a Jesús. Quizás aquéllas habrán muerto en el pecado, y naturalmente, de acuerdo con la lógica de la Teología, hallan el castigo de sus culpas, grandes o pequeñas. Pero el asesino alcanzado por la justicia humana, reducido a prisión y compadecido por los sentimentalistas que rezan con y por él, pronuncia las palabras mágicas de la conversión, y redimido por Jesús, sube al patíbulo. A no ser por el asesinato, nadie hubiera rezado con él, ni se lo hubiese redimido ni perdonado. ¡Evidentemente hizo bien este hombre en matar, porque de ese modo alcanzó la felicidad eterna!
 ¿Y qué sucede con la víctima, con su familia, con sus parientes, con sus íntimos y con las relaciones sociales? ¿No tiene la justicia recompensa alguna para ellos? ¿Han de verse condenados a sufrir en este mundo y en el próximo, mientras que el que les causó el daño está sentado al lado del “buen ladrón” del Calvario, y queda bendecido para siempre? Respecto a esta pregunta, el clero guarda un silencio prudente 58.” Y ahora ya sabéis por qué los teósofos –cuya creencia fundamental y cuya esperanza es la justicia para todos, tanto en el Cielo como en la Tierra (y el Karma)– rechazan este dogma.

PREG. ¿No es entonces un Cielo sobre el que Dios preside el destino último del hombre, sino la transformación gradual de la materia en su elemento primordial, el espíritu?

TEÓS. A esa meta tiende todo en la Naturaleza.

PREG. ¿No consideran algunos de vosotros esa asociación o “caída del espíritu en la materia” como un mal, y el renacimiento como un dolor?

TEÓS. Algunos sí, y, por consiguiente, se esfuerzan en abreviar su período de prueba en la Tierra.
No es, sin embargo, un mal completo, puesto que asegura la experiencia por la cual alcanzamos el conocimiento y la sabiduría. Me refiero a esa experiencia que enseña que nunca pueden satisfacerse las necesidades de nuestra naturaleza espiritual por otros medios que por la felicidad espiritual.
Mientras permanecemos en el cuerpo, estamos sujetos al dolor, al sufrimiento y a todas las adversidades y desengaños que ocurren durante la vida. Por tanto, y para atenuar esto, adquirimos al fin el conocimiento, que sólo puede proporcionarnos el alivio y la esperanza de un porvenir mejor.
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58 Isis sin Velo, Ibíd.



TEÓS. A la Doctrina de la “expiación por procuración”; me refiero a ese dogma peligroso en que creéis, y que nos enseña que por enormes que sean nuestros crímenes contra las leyes de Dios y del hombre, nos basta creer en el sacrificio de Jesús por la salvación de la humanidad para que su sangre nos deje libres de toda mancha. Hace veinte años que combato esta doctrina, y llamaré ahora vuestra atención sobre un párrafo de Isis sin Velo, escrito en 1875. He aquí lo que enseña el Cristianismo y lo que combatimos:

“La compasión de Dios es ilimitada e insondable. Es imposible concebir un pecado humano tan enorme, que no pueda borrarlo el precio pagado de antemano por la redención del pecador, aunque fuese mil veces mayor. Además, nunca es demasiado tarde para arrepentirse. Aunque el pecador espere hasta el último minuto de la última hora del último día de su vida mortal para que sus labios fríos pronuncien la confesión de fe, puede entrar en el Paraíso; así lo hizo el ladrón moribundo, y todos los demás, tan perversos como él, pueden hacerlo. Tales son las presunciones de la Iglesia y del clero; presunciones sostenidas ante vuestros compatriotas por los predicadores favoritos de Inglaterra, en plena “luz del siglo XIX “, el más paradójico de todos.” Ahora bien; ¿adónde conduce esto?

PREG. ¿No hace del cristiano un hombre más feliz que el Buddhista o el brahmán?

TEÓS. No; al menos tratándose de un hombre ilustrado, puesto que la mayoría de éstos han perdido virtualmente, hace ya mucho tiempo, toda creencia en ese dogma cruel. Pero conduce más fácilmente al borde de todo crimen concebible a aquellos que aún creen en él, que cualquier otro de los que conozco. Permitidme que una vez más me refiera a la obra “Isis sin Velo” (Vol. II):

“Si nos colocamos fuera del reducido círculo de las creencias y consideramos al Universo como un todo gobernado por el exquisito ajuste de las partes, ¡cómo se rebelan contra la doctrina de la expiación por valimiento ajeno, toda sana lógica y el sentimiento más elemental de justicia! Si sólo pecase el criminal contra sí mismo, y sólo a sí mismo se perjudicase; si pudiese con el arrepentimiento sincero borrar los hechos pasados, no sólo de la memoria del hombre, sino también de ese registro imperecedero que ninguna deidad –ni la más Suprema de las Supremas siquiera– puede destruir, en ese caso podría no ser inconcebible este dogma. ¡Pero sostener que puede uno perjudicar a su semejante, matar, turbar el equilibrio de la sociedad y el orden natural de las cosas, y luego, por cobardía o esperanza, por fuerza, o por lo que fuese, hallar el perdón, sólo por creer que el derramamiento de una sangre lava otra sangre vertida, es un absurdo! ¿Pueden borrarse los resultados de un crimen, aun cuando éste fuese perdonado? Jamás se circunscriben los
efectos de una causa a los límites de la misma, ni pueden los resultados del crimen reducirse al ofensor y a su víctima.

Cada acción buena o mala trae sus efectos, tan palpables como el de una piedra arrojada en el agua tranquila. El ejemplo es vulgar, pero es el mejor, y debemos emplearlo. Los círculos ondulatorios son más sólidos o más rápidos según sea mayor o menor el objeto que viene a perturbarla; pero la piedrecita más pequeña, el objeto más insignificante, produce sus ondas correspondientes.
Y no sólo es esa perturbación visible en la superficie; debajo, de modo invisible, y en toda dirección –hacia arriba y hacia abajo–, la gota empuja a la gota, hasta que las orillas y el fondo sienten la fuerza puesta en acción. Aun más: el aire que está encima del agua es agitado, y como nos dicen los físicos, esa perturbación pasa de capa en capa indefinidamente, en el espacio; ¡un impulso ha sido dado a la materia. y éste jamás se pierde, jamás puede anularse… “Tal sucede con respecto tanto al crimen como a la virtud. Puede la acción ser instantánea; los efectos son eternos. Cuando, después de haber caído la piedra en el estanque, podamos recogerla con la mano, rechazar las ondas, anular la fuerza dada, restablecer las ondulaciones etéreas en su estado previo y borrar todo rastro producido por el hecho de haber tirado el objeto, de modo que no conste en los anales del tiempo el haber tenido lugar jamás aquel acto, entonces podremos oír pacientemente a los cristianos defender la eficacia de esta clase de expiación y dejar de creer en la ley kármica. Pero por ahora nos sometemos al juicio del mundo entero para que decida cuál de las dos doctrinas aprecia mejor la justicia divina, cuál es más razonable, hasta desde el punto de vista de la evidencia y lógica humanas.”

PREG. Sin embargo, existen millones de seres que creen en el dogma cristiano, y son felices.

TEÓS. Es efecto de un sentimentalismo que se sobrepone a sus facultades racionales, y que ningún filántropo o altruista verdadero aceptará jamás. No es siquiera un sueño de egoísmo, sino una pesadilla de la inteligencia humana. Ved a donde conduce, y citadme el nombre de un país pagano donde se cometan crímenes más fácilmente o en mayor número que en las naciones cristianas. Repasad la lista tan larga y espantosa de crímenes cometidos en países europeos, y observad la protestante y bíblica América. Allí son más numerosas las conversiones llevadas a cabo en las cárceles, qué las conseguidas por los actos y predicaciones públicas.

“Ved en qué estado se halla la gran balanza de la justicia cristiana (!): asesinos llenos de sangre, impulsados por los demonios de la lujuria, de la venganza, de la envidia, del fanatismo; o por el simple deseo brutal de verter sangre, que matan a sus víctimas, muchísimas veces, sin darles tiempo para arrepentirse o invocar a Jesús. Quizás aquéllas habrán muerto en el pecado, y naturalmente, de acuerdo con la lógica de la Teología, hallan el castigo de sus culpas, grandes o pequeñas. Pero el asesino alcanzado por la justicia humana, reducido a prisión y compadecido por los sentimentalistas que rezan con y por él, pronuncia las palabras mágicas de la conversión, y redimido por Jesús, sube al patíbulo. A no ser por el asesinato, nadie hubiera rezado con él, ni se lo hubiese redimido ni perdonado. ¡Evidentemente hizo bien este hombre en matar, porque de ese modo alcanzó la felicidad eterna!
 ¿Y qué sucede con la víctima, con su familia, con sus parientes, con sus íntimos y con las relaciones sociales? ¿No tiene la justicia recompensa alguna para ellos? ¿Han de verse condenados a sufrir en este mundo y en el próximo, mientras que el que les causó el daño está sentado al lado del “buen ladrón” del Calvario, y queda bendecido para siempre? Respecto a esta pregunta, el clero guarda un silencio prudente 58.” Y ahora ya sabéis por qué los teósofos –cuya creencia fundamental y cuya esperanza es la justicia para todos, tanto en el Cielo como en la Tierra (y el Karma)– rechazan este dogma.

PREG. ¿No es entonces un Cielo sobre el que Dios preside el destino último del hombre, sino la transformación gradual de la materia en su elemento primordial, el espíritu?

TEÓS. A esa meta tiende todo en la Naturaleza.

PREG. ¿No consideran algunos de vosotros esa asociación o “caída del espíritu en la materia” como un mal, y el renacimiento como un dolor?

TEÓS. Algunos sí, y, por consiguiente, se esfuerzan en abreviar su período de prueba en la Tierra.
No es, sin embargo, un mal completo, puesto que asegura la experiencia por la cual alcanzamos el conocimiento y la sabiduría. Me refiero a esa experiencia que enseña que nunca pueden satisfacerse las necesidades de nuestra naturaleza espiritual por otros medios que por la felicidad espiritual. Mientras permanecemos en el cuerpo, estamos sujetos al dolor, al sufrimiento y a todas las adversidades y desengaños que ocurren durante la vida. Por tanto, y para atenuar esto, adquirimos al fin el conocimiento, que sólo puede proporcionarnos el alivio y la esperanza de un porvenir mejor.
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58 Isis sin Velo, Ibíd.



PREG. Decís que aceptan las doctrinas teosóficas y creen en ellas. Pero como no forman parte de esos adeptos de que acabáis de hablar, tienen que admitir vuestras doctrinas con fe ciega. ¿En qué difiere esto de las religiones convencionales?

TEÓS. Así como difiere en casi todos los demás puntos, difiere también en éste.

Lo que llamáis “fe”, y lo que en realidad es fe ciega con relación a los dogmas de las religiones cristianas, se convierte para nosotros en conocimiento, resultado lógico de cosas que sabemos acerca de hechos de la Naturaleza.Vuestras doctrinas están basadas en la interpretación, y, por lo tanto, en el testimonio de segunda mano de videntes, las nuestras lo están en el testimonio directo invariable de videntes.
Por ejemplo, la Teología Cristiana común sostiene que el hombre es una creación de Dios, compuesta de tres partes –cuerpo, alma y espíritu– esenciales todas para su integridad, bien sea bajo la forma densa de la existencia física terrestre, o bajo la forma etérea de la experiencia de la posresurrección, necesaria para su constitución eterna, teniendo cada hombre de este modo una existencia permanente, separada de los demás hombres y de la Divinidad. La Teosofía, por su parte, afirma que siendo el hombre una emanación de la esencia divina desconocida y siempre infinita y presente, el cuerpo, como todo lo demás, es pasajero, y por lo tanto, ilusorio; la única substancia permanente en él es el espíritu, perdiendo este mismo su separada individualidad en el momento de su completa reunión con el Espíritu Universal.

PREG. Si perdernos hasta nuestra individualidad, ¿entonces esto es sencillamente el aniquilamiento?

TEÓS. Yo digo que no, puesto que hablo de la individualidad separada, y no de la universal.
Esta individualidad se convierte en una parte transformada en el todo; como no se evapora la gota de rocío, sino que se convierte en mar. Cuando el hombre físico se convierte de un feto en un anciano,  ¿queda por esto aniquilado?  ¡Cuán satánico no será nuestro orgullo, cuando colocamos nuestra conciencia e individualidad, infinitamente pequeñas, por encima de la conciencia universal e infinita!

PREG. ¿Resulta, pues, que defacto no existe el hombre, sino que todo es Espíritu?

TEÓS. Estáis equivocado. Lo que resulta es que la unión del espíritu con la materia es temporal; más claro: que formando el espíritu y la materia un solo todo, puesto que son los dos polos opuestos de la substancia universal manifestada, pierde el espíritu su derecho a este nombre, mientras la partícula y átomo más pequeños de su substancia manifestada se adhieren a una forma cualquiera, resultado de la diferenciación. Creer lo contrario es fe ciega.

PREG. ¿De modo que, basándose en el conocimiento y no en la fe, es como aseguráis que el principio permanente, o sea el espíritu, verifica tan sólo un tránsito por la materia?

TEÓS. Mejor dicho, sostenemos que la apariencia del principio permanente y único, el espíritu, es transitoria como materia, y, por consiguiente, nada más que una ilusión.

PREG. Perfectamente; ¿y esto apoyándoos en el conocimiento y no en la fe?

TEÓS. Precisamente. Pero como veo muy bien a donde queréis ir a parar, mejor será que os diga, desde luego, que consideramos la fe, tal como vosotros la comprendéis, como una enfermedad mental; y la fe verdadera, es decir la pistis de los griegos, como la creencia basada en el conocimiento derivado de la evidencia, bien de los sentidos físicos o de los espirituales

PREG. ¿Qué entendéis por esto?

TEÓS. Quiero decir, si es que deseáis saber cuál es la diferencia que hay entre ambas, que entre la fe basada en la autoridad y la basada en la propia intuición espiritual existe una diferencia muy grande.

PREG. ¿Cuál es?

TEÓS. La primera es credulidad y superstición humana, y la segunda es creencia e intuición humanas. Como dice muy bien el profesor Alejandro Wilder en su “Introducción a los Misterios Eleusinos”: “La ignorancia es lo que conduce a la profanación. Los hombres ridiculizan aquello que no comprenden debidamente… La
corriente interna de este mundo se dirige hacia una meta; y en el fondo de la credulidad humana… existe un poder casi infinito, una fe santa, capaz de comprender las verdades más supremas de toda existencia”. Los que limitan esa “credulidad” sólo a los dogmas humanos autoritarios, jamás concebirán aquel poder, ni tampoco lo reconocerán en sus naturalezas. Tal credulidad está fuertemente adherida al plano externo, y es incapaz de poner en juego la esencia que lo gobierna; porque para hacerlo tienen que reclamar su derecho de juzgar privadamente, y esto nunca se atreven a hacerlo.

PREG. ¿Y es acaso esa “intuición” la que os obliga a rechazar a Dios como Padre personal, Dueño y Señor del Universo?

TEÓS. Justamente. Creemos en un Principio eterno, incognoscible, porque sólo la aberración ciega es capaz de sostener que el Universo, el hombre racional y todas las maravillas que hasta el mundo mismo de la materia encierra podrían haberse desarrollado sin el auxilio de poderes inteligentes que dirigiesen las funciones extraordinariamente sabias de todas sus partes. Puede la Naturaleza errar, y sucede a menudo, en sus detalles y en las manifestaciones externas de sus materiales, pero jamás en sus causas y resultados internos. Los antiguos paganos tenían respecto a esta cuestión opiniones mucho más filosóficas que los filósofos modernos, sean Agnósticos, Materialistas o Cristianos; y a ningún escritor pagano se le ha ocurrido jamás, hasta ahora, sentar la proposición de que la crueldad y la compasión no son sentimientos
finitos, y pueden, por lo tanto, ser atributos de un dios infinito. Sus dioses eran, por consiguiente, todos finitos.

El autor siamés de la Rueda de la Ley expresa, como lo hacemos nosotros, la misma idea acerca de nuestro Dios personal, y dice (pág. 25): “Podría un Buddhista creer en la existencia de un Dios sublime, superior a todas las cualidades y atributos humanos; Dios perfecto, al que no afectasen el amor, el odio y
los celos, permaneciendo en un estado de calma que nada pudiese alterar. A un Dios semejante lo respetaría, no por deseo de complacerlo o temor de ofenderlo, sitio por veneración natural; pero no puede comprender a un Dios dotado de los atributos y cualidades humanos; a un Dios que ama y odia, y que se deja dominar por la ira; una Deidad que, ya sean los Misioneros Cristianos, los Mahometanos, los Judíos o los Brahmanes 57 los que nos la describan, no alcanza siquiera el nivel de un hombre bueno
ordinario”.

PREG. Fe por fe, ¿no es preferible la del cristiano que cree, confesando su propia impotencia y humildad, que existe en el cielo un Padre misericordioso que lo ha de librar de la tentación, ayudar en la vida y perdonar sus errores, a la fe orgullosa, fría y casi fatalista de los buddhistas, vedantinos y teósofos?

TEÓS. Persistid en llamar a nuestra creencia “fe”, si así os agrada. Pero ya que volvemos a esta eterna cuestión, pregunto a mi vez: fe por fe, ¿no es mejor la que está basada en la lógica y la razón estrictas, que la que lo está simplemente en la autoridad humana o en el culto de los héroes? Nuestra “fe” posee toda la fuerza lógica de la aritmética verdad de que dos y dos han de producir cuatro. Vuestra fe es parecida a la
lógica de algunas mujeres sensibles, de quienes dijo Tourgenyeff que para ellas dos y dos forman generalmente cinco, y algo más. Vuestra fe es también una fe que no sólo choca con todo sentimiento de justicia y lógica posibles, sino que, si se analiza, arrastra al hombre hacia su perdición moral, se opone al progreso de la humanidad, y convirtiendo positivamente la fuerza en derecho transforma a un hombre sí y otro no en un Caín para su hermano Abel.
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57 Se refiere aquí a los Brahamanes sectarios. El Parabrahm de los Vedantinos es la Deidad que aceptamos y en la cual creemos.

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